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El Beso de Judas

 

Una rara manera de traicionar
Andrés Villa
Periodista y Escritor




“¡Oh, Judas!, con un beso entregas al Hijo del Hombre”. Con estas palabras, presentadas en el evangelio según San Lucas, Jesús recibe al apóstol traidor en las vísperas del viernes, día de su pasión. En un hecho inédito, Judas no señala ni recrimina a Jesús ante sus enemigos, utiliza una falsa señal, lo besa.

Marcos y Mateo, los evangelistas, también hacen alusión al beso de Judas, que fue la señal acordada con los enemigos del Maestro. Aunque San Juan no lo menciona, sí acusa a Judas de traición. Es muy claro que detrás del sacrificio de Jesús en la cruz por redimirnos, y su posterior resurrección que es quizás su mayor misterio, se levanta la figura de Judas, la que es analizada por sicólogos, escritores y teólogos por más de 2,000 años.

Judas planea entregar a  Jesús al Sanedrín, una entidad religiosa y política que se vio desafiada por la nueva doctrina y para eso se separa de los apóstoles en Betania, en casa de Marta María y Lázaro.

Es precisamente allí donde  Judas se escandaliza, pues una mujer derrama sobre el cuerpo de Jesús un costoso perfume con un valor a 300 denarios, diez veces más que la cantidad cobrada por la entrega del Justo.

Judas a lo largo de los cuatro evangelios es tildado de ladrón, codicioso y de sustraer de la bolsa común dinero para su provecho. Pero a través de los tiempos muchos han sido los que han tratado de excusar las faltas de Judas.

Afirman algunos que sin Él no hubiera habido pasión. Que fue un agente importante que ayudó a la misión de redención de Jesús. Otros dicen que obró de esa forma desengañado por la doctrina cristiana que ponía en un primer plano a los pobres y menesterosos y que declaró que su reino no era de este mundo.

Hay algunos que piensan que Judas empuja a Jesús hacia sus enemigos pensando que reaccionará con sus poderes sobrenaturales convocando a legiones de ángeles celestiales que lo liberarían y hasta podría expulsar a los romanos de Judea.

El traidor participa en la última cena, toma vino y mete su mano, junto a la del maestro, en la fuente del cordero pascual y del pan sin levadura. Imagínese usted cómo se sentiría Iscariote cuando se encuentra con que Jesús sabe que lo va a traicionar. Es por eso por lo que la figura del traidor es tan estudiada pues vivió un intenso drama  contra el Hijo de Dios.

Los evangelios afirman que Judas sigue de cerca los acontecimientos del Viernes Santo. En primera fila observa los vejámenes y las humillaciones sufridas por Jesús. No aguantó el juicio, los azotes y la condena a muerte de Jesús por Pilatos, gobernador romano, regresa al palacio de los sacerdotes y devuelve las monedas de plata diciendo: “Yo he pecado, pues he vendido la sangre inocente”. A lo que contestan los fariseos: “A nosotros ¿Qué nos importa? ”. (Mateo XXVII)

Judas, Judas, el traidor, el apóstol, seguirá siendo una figura muy discutida quizás porque escogió la forma más rara para traicionar, un beso.



Reflexión de Semana Santa - María Magdalena


 María Magdalena:
¿Santa, endemoniada o prostituta?



Andrés Villa
Periodista y Escritor

¿Qué hay detrás del simbolismo de que María Magdalena fuera la primera persona que contemplara a Jesús resucitado, y por ende, fuera testigo del más grande misterio de la Vida, Pasión y Muerte de Nuestro Redentor?

Creo que hay mucho para discutir y escribir sobre este hecho, y en verdad que se ha hecho. Fue esta famosa mujer, y no ninguno de los apóstoles, la que tuvo la dicha de ver a Cristo otra vez sobre la tierra, liberado del sudario y fuera del sepulcro. Aunque la Iglesia católica considera a María Magdalena santa y su día es el 22 de julio, no se le ha dado un gran realce a su figura.

Pero ¿Quién era María Magdalena? Los Evangelios no son novelas ni cuentos literarios y muchas veces son parcos en información. Según el Evangelio de Lucas, Jesús libró a Magdalena de siete demonios y que su nombre se debe a que era oriunda de Mágdala, una población sobre el Lago Tiberiades, en Galilea.

Estudiar a los cuatro evangelistas, Marcos, Mateo, Juan y Lucas no es fácil y algunas veces todos tocan un episodio de la vida de Jesús y a veces no. Pues los cuatro testifican que la Magdalena fue testigo de la crucifixión, pues estuvo valientemente al pie de la cruz, acompañando a la Virgen y a Juan, cosa que no se atrevieron a hacer once de los apóstoles.

A través de más de 2,000 años, este personaje de los evangelios ha inspirado sermones, y discusiones. Sobre María Magdalena, las leyendas, no los evangelios, han arrojado un montón de estigmas. De que era muy bella, de que era la misma mujer que iba a ser apedreada por adúltera y a la que Jesús libró de sus verdugos con una sencilla sentencia: “El que esté libre de culpa que tire la primera piedra”, (Juan 8, 3-11), de que fue la prostituta que bañó con sus lágrimas y perfume los pies del Señor, y que luego enjugó con sus cabellos, en casa de un fariseo. (Lucas 7, 36-50)

Al estudiar y analizar los tres años de la vida pública de Jesús, es notable que se viera rodeado de menesterosos, ciegos, pobres, niños, cojos, ciegos, endemoniados y hasta de leprosos. Entonces debemos comprender la grandeza de su doctrina y de una figura que nació en un pesebre, que entró triunfante y desafiante a Jerusalén sobre un borrico y que puso mucha atención en las mujeres y la más famosa de ellas fue María Magdalena.

Magdalena, un muy bonito nombre, es la primera que visita el sepulcro y en el camino reflexiona sobre si podrá mover la gran piedra que tapa la entrada, pero su temor se desvanece cuando la ve en el suelo. Es un ángel de rostro resplandeciente el que le anuncia que Jesús ha resucitado, y luego junto a otra María se encuentra con el Maestro, como ella lo nombra.

Otras leyendas hablan de que estaba enamorada de Jesús, que murió en Francia o que se retiró a Ëfeso. Recientemente, María Magdalena es la gran protagonista de una controvertida obra, El Código de Davinci, que asegura que ella tuvo un hijo con Jesús, echando por tierra toda la doctrina de la divinidad de Jesús.

Lo que sí es cierto es que María Magdalena fue una de las grandes compañeras de Jesús, sólo comparada con los 12 apóstoles.

Los cuentos de Andrés


Un análisis sobre el cuento ‘El secreto de Peter Williams', incluido en el libro ‘Perdedores' de Andrés Villa nos lleva a reflexionar sobre la vida de los residentes antillanos en Panamá y Colón a inicios del siglo XX


Por
Margarita Vásquez Quirós





El objeto inmediato de esta ponencia es el libro de cuentos titulado Perdedores. Cuentos, cuentos, cuentos, del escritor panameño Andrés Antonio Villa Ortega.



En esta obra escrita en el siglo XXI, intento rebuscar ese ‘verdadero papel' del cuento panameño al que se refiere Rodrigo Miró Grimaldo en su obra el Cuento en Panamá : el ambiente, la época, la familia no aparecen todos a la vez ni muy rigorosamente en un cuento, pero su capacidad de sugerencia puede constituirse en un método de conocimiento de lo que nos acontece o aconteció, aunque no obligatoriamente. Si el lector coopera, puede elaborar una creación paralela auspiciada por su propia memoria, a partir de las ideas que sea capaz de evocar el cuento, o invocar mediante otras lecturas.


Porque interesa a las reflexiones que se harán a continuación sobre Perdedores , es bueno mencionar que en Memorias e imaginarios de identidad y raza en Panamá. Siglos XIX y XX , Premio Ensayo del concurso Ricardo Miró en el 2010, Patricia Pizzurno recoge una asociación metafórica elaborada por los historiadores Celestino Andrés Araúz, Argelia Tello y Alfredo Figueroa Navarro sobre el número de residentes antillanos en las ciudades de Panamá y Colón en 1914: ellos dicen que entonces estas ciudades fueron convertidas en ‘un vertedero de los trabajadores que ya no se necesitaban' en la Zona del Canal. También da Patricia Pizzurno los datos de Jos Joseph, quien informa que en 1916 y en 1920 las autoridades zoneítas desalojaron 15,000 obreros tras las huelgas de los trabajadores silver roll , y que los casatenientes panameños los recibieron con los brazos abiertos y los alojaron en casas de alquiler en condiciones deplorables en las ciudades terminales. Súmense a esta cantidad las personas que ya vivían allí.


En ese mundo enriquecido por uno de sus componentes, el antillano, se desarrolla ‘El secreto de Peter Williams'. Al iniciar su lectura, al lector lo guía el espacio: gran casa de inquilinato con dos plantas, platos sobre pequeñas mesas frente a cada puerta, escaleras de madera, balcón, pasillos, hojas de zinc, patio: hileras de cuartos donde no entraba el sol. Nos situamos en alguna de las ciudades limítrofes de la Zona del Canal de Panamá. El modelo de contexto temporal elegido selecciona algunas décadas después de terminada la construcción del canal.


En uno de esos caserones, la policía persigue a Peter Williams, figura sigilosa, elástica, como un gato, enjuta, casi una centella, capaz de colarse entre las hojas de zinc. Ha salido del cuarto de su amante negra, y los policías le disparan sin que las balas lo hieran. Ellos infiltran los celos en los sentimientos de Carola, y le piden que averigüe cuál es el secreto de Peter Williams.



Este recuerda su niñez, cuando recibió un don (como el de Sansón, personaje bíblico) de parte de una Madama santera.


Carola está celosa. La mujer ha descubierto su secreto y lo delata: para matar a Williams hay que tirarle a su sombra. Al final de la narración, un policía negro está parado junto al cuerpo inerte del famoso ladrón.


En una interesantísima ponencia del 2004 titulada John Peter Williams y una resistencia basada en la ‘mala reputación' en Panamá: la política de raza, delincuencia e identidad en el Istmo, presentada por Michael Donoghue, de la Universidad de Connecticut en un congreso de LASA (Asociación de Estudios Latinoamericanos), reivindica la imagen historiográfica de John Peter Williams, personaje olvidado. Donoghue vincula la exclusión de Williams de la narrativa historiográfica panameña con el modo como han sido construidas las ideas de raza, clase e identidad entre los panameños: por un lado, quienes han escrito la historiografía han sido los blancos y mestizos panameños; por el otro, resultaba arriesgado que se interpretara como ‘resistencia respetable' contra la segregación racial, los hechos que habían sido registrados como ‘criminales'.


Ante los ojos de los antillanos pobres de la ciudad de Panamá, en cambio, Williams se transformó en un héroe popular, capaz de humillar y frustrar a los gringos. Esto le aseguraba una legítima heroicidad, como pasa con Robin Hood o El Zorro. John Peter Williams murió de muerte violenta a los veinte años y ascendió al reino del mito y la leyenda entre los antillanos. Años después de su muerte, la desaparición de objetos tan comunes como un dulce recién horneado en el hogar, fue atribuida al fantasma de Peter. Añade Donoghue que la actuación de aquel negro Robin Hood (como lo llama el cuento) les dio muestras claras a los panameños de la vulnerabilidad de los estadounidenses: las malas (o buenas) lenguas decían que él había robado hasta en la casa del Gobernador de la Zona, y había dejado una nota bromista como recuerdo. Peter Williams, quien finalmente estuvo preso en la cárcel de Gamboa, como los personajes de Joaquín Beleño, murió acribillado por la policía de la Zona del Canal en 1922.


El cuento de Villa Ortega toma como asunto un período corto del final de la vida de Peter Williams, y, a pesar de las pocas páginas, logra reunir paulatinamente datos fundamentales para mostrar una imagen de Williams que lo convierte en símbolo del modo zumbón como proponía que se luchara contra la situación de pobreza en la que vivía su gente y contra la segregación imperante en la Zona del Canal. En el cuento, Williams manifiesta un ego sostenido por la convicción de que es un hombre especial. De hecho, a él no le entran las balas, se vuelve humo, dice la gente; pero él sabe que fue santiguado por una madama santera que supo resguardarlo, y quien predijo que sería un hombre importante (para bien o para mal) pero que lo traicionaría una mujer. Estos elementos de lo real maravilloso sostienen la coherencia del cuento, que se vincula claramente a la cultura caribeña.


Para relacionar el discurso con la portada de Perdedores, podríamos decir que Peter Williams tiene puesta una ‘máscara' de persona que no se adapta a las normas que la sociedad occidental piensa que él debe desempeñar. La máscara que esperan los blancos es la proyección de la norma: una actuación como taxista negro sumiso y tranquilo. Pero él se salta las reglas y se viste de hombre blanco poderoso (muy bien trajeado y con joyas), y actúa como piensa él que este debería actuar cuando tiene dinero: con buen humor, gozando de la vida y de muchas mujeres, sin olvidar a quienes lo rodean.


‘En uno de esos caserones, la policía persigue a Peter Williams, figura sigilosa, elástica, como un gato, enjuta, casi una centella, capaz de colarse entre las hojas de zinc. Ha salido del cuarto de su amante negra, y los policías le disparan sin que las balas lo hieran...'


Así que, con aquella máscara de Robin Hood, en el cuento Williams no encarna el arquetipo de un negro; este se ha corporizado en la sombra, encarnación de los aspectos reprimidos de la cultura occidental. Para matar a John Peter Williams había que tirarle no al blanco disfrazado de negro, sino al negro oculto en la sombra, con toda su historia social de violaciones y violencias. Pero, además, con todo el peso de las fuerzas psicológicas propias del ser humano: fue traicionado por una negra celosa (Dalila, personaje de la cultura occidental, tenía también sus propias motivaciones) y ejecutado por un policía negro, el único que le tiró a la sombra. Finalmente, el personaje es un perdedor, por la traición. Pero también los traidores son tristes perdedores.


Los cuentos de Andrés tienen múltiples motivaciones y formas. Sus personajes han salido de las calles panameñas, de la historiografía, de los grandes libros. Nos hablan de la guerra, del deterioro causado por el tiempo, de lo misterioso, de los límites de lo feo, de los merecimientos para evadir la peste, de los sucesos del 9 de enero, de los celulares, del terrorismo y la Quinta Sinfonía de Beethoven y mucho más. Los espacios repetidos son las viejas casonas de madera de la ciudad de Panamá, pero también aparece el gueto, el resort, el palacio, la batalla. Por esos lugares andan tanto los Peter como los Rupertos, la mujer con barba como el trompetista, y su lenguaje adopta, unas veces, el vocabulario modernista y otras, se viste de pueblo.


El recorrido a través de estas páginas nos ha mostrado las derrotas, las pérdidas de Andrés Villa, según él mismo reconoce cuando explica que ha estado contando su propia historia como habitante de las viejas caseronas de madera. He entendido lo siguiente: una derrota es también un camino que nos conduce a la magia de la vida, una vereda para entrar al alma, una senda de tierra para localizar lo nuestro.


Fragmento de un ensayo presentado en la Universidad de Panamá en 2012.

Fuente:

https://www.laestrella.com.pa/vida-y-cultura/cultura/andres-cuentos-NRLE35870

NO COMO CUENTOS CON LOS CUENTOS

Por Andrés Villa

En el minuto de Arte y cultura con Andrés Villa esta semana hablaremos del cuento. Para mí el cuento es un duelo de intelectos con el lector. Al escribirlos debo plasmar rápidamente una historia interesante. Es un corto relato, cuyos orígenes se remontan a las tradiciones orales del hombre de las cavernas alrededor de las maravillas que supuso el fuego. Es un recurso que se consolidó cuando surgió la escritura, pero debe contener algún conflicto.

Para Borges, el ciego escritor argentino señala que el lector de cuentos busca situaciones distintas a las comunes.

Hablaremos de Enrique Jaramillo Levi un escritor panameño y su Minificcionario”, Compilación histórica selecta de minicuentos en Panamá, 1967-2018. Entre sus páginas se encuentran cincuenta años de cuentos. Entre ellos les menciono. “La Manada”, un relato sorpresivo de Iliana Burgos sobre caballos, brillantes que saltan y corren sin poder alcanzarse nunca para luego comprender en su final que están fijos a las vueltas de un carrusel de feria. O el de Alberto Orestes Cabredo que en “Dancing Solo”, nos lleva a una cantina de mala muerte donde un borracho danza con una imaginaria mujer. A pesar de ser cortos, estos escritos tienen la fuerza de las palabras para dictar su entorno y sorprender al lector.

Los buenos minicuentos pueden confundirse con poesía. Muchas de sus líneas tienen belleza y parecen versos. Yo tengo uno sobre un héroe bíblico, que su pecado fue la lujuria por lo que perdió el favor de su Dios. Es narrado por su lazarillo, pues sus enemigos le sacaron los ojos al ser traicionado por una mujer. ¡Ahh adivinó! Se trata de una historia tan conocida como la de Sansón. Esto nos demuestra que el escritor de cuentos puede inspirarse en todo lo ya escrito. A todo lo que la historia y la literatura que lo antecede le ha enseñado. Pero debe tener como aliado la originalidad y muchas lecturas en su haber.

Los Cuentos de Andrés de Margarita Vásquez.


PRIMER CONGRESO INTERNACIONAL DE CUENTISTAS Y CRÍTICOS LITERARIOS

(en torno a la producción cuentística panameña)

 del 5 al 8 de junio en la UTP

 

Los Cuentos de Andrés

 

Margarita Vásquez

Universidad de Panamá

 

El objeto inmediato de esta ponencia es el libro de cuentos titulado Perdedores. Cuentos, cuentos, cuentos, del escritor panameño Andrés Antonio Villa Ortega. Fueron publicados 300 ejemplares en el 2009 en los talleres de la imprenta ARTICSA, ubicada en Panamá.  El autor lo dedica a sus hijos y nietos, y agradece a la empresa Fiesta Casino.  Finalmente, con su correspondiente cédula del ISBN entra el libro al mundo del intercambio bibliográfico como  novela y no como cuento, molde literario más propio para caracterizar este libro.

Llama la atención esta clasificación que trae al tapete la denominación usada por D. Rodrigo Miró Grimaldo, cuyo centenario conmemoramos en el 2012, y a cuyo recuerdo me acojo.  Hace más de sesenta años, en El cuento en Panamá[1], Miró ordenaba el cuento panameño dentro de nuestra producción novelesca, modo de designar el género narrativo. De su discurso introductorio al libro mencionado se desprende que consideraba como subgéneros de lo novelesco, la novela y el cuento.  Y aclaraba que si este último ofrece posibilidades simples dentro de lo novelesco porque enfoca una única incidencia alrededor de la que se conforma la narración, la novela se fundamenta en un complejo supraindividual: exige una dimensión humana, y lo humano conlleva lo social: un ambiente, una época, una familia.[2]  Entonces agrega que, aunque esa condición no grava con igual rigor al cuento, el género (entiendo el género novelesco: cuento y novela) ha ido acomodándose poco a poco a su verdadero papel: el de enseñarnos los vínculos entre su propio crecimiento con el discurrir político-social de la nación.  En los cuentos de Villa, escritos en el siglo XXI, intento rebuscar ese “verdadero papel” del cuento panameño al que se refiere Miró en 1949: el ambiente, la época, la familia no aparecen todos a la vez ni muy rigorosamente  en un cuento, pero su capacidad de sugerencia puede constituirse en un método de conocimiento de lo que nos acontece o aconteció, aunque no obligatoriamente. Si el lector coopera, puede elaborar una creación paralela auspiciada por su propia memoria, a partir de las ideas que sea capaz de evocar el cuento, o invocar mediante otras lecturas.

Porque interesa a las reflexiones que se harán a continuación sobre  Perdedores, es bueno mencionar que en Memorias e imaginarios de identidad y raza en Panamá. Siglos XIX y XX[3], Premio Ensayo del concurso Ricardo Miró en el 2010, Patricia Pizzurno recoge una asociación metafórica elaborada por los historiadores Celestino Andrés Araúz, Argelia Tello y Alfredo Figueroa Navarro sobre el número de residentes antillanos en las ciudades de Panamá y Colón en 1914: ellos dicen que entonces estas ciudades fueron convertidas en “un vertedero de los trabajadores que ya no se necesitaban” en la Zona del Canal.  También da Patricia Pizzurno los  datos de Jos Joseph, quien informa que en 1916 y en 1920 las autoridades zoneítas desalojaron 15.000 obreros tras las huelgas de los trabajadores silver roll, y que los casatenientes panameños los recibieron con los brazos abiertos y los alojaron en casas de alquiler en condiciones deplorables en las ciudades terminales. Súmense a esta cantidad las personas que ya vivían allí.

 

En ese mundo enriquecido por uno de sus componentes, el antillano, se desarrolla El secreto de Peter Williams, vigesimoprimero de los treinta y siete cuentos incluidos en Perdedores.  Al iniciar su lectura,  al lector lo guía el espacio: gran casa de inquilinato con dos plantas, platos sobre pequeñas mesas frente a cada puerta, escaleras de madera, balcón, pasillos, hojas de zinc, patio: hileras de cuartos donde no entraba el sol. Nos situamos en alguna de las ciudades limítrofes de la Zona del Canal de Panamá. El modelo de contexto temporal elegido selecciona algunas décadas después de terminada la construcción del canal.

En uno de esos caserones, la policía persigue a Peter Williams, figura sigilosa, elástica, como un gato, enjuta, casi una centella, capaz de colarse entre las hojas de zinc. Ha salido del cuarto de su amante negra, y los policías le disparan sin que las balas lo hieran. Ellos infiltran los celos en los sentimientos de Carola, y le piden que averigüe cuál es el secreto de Peter Williams.

Este recuerda su niñez, cuando recibió un don (como el de Sansón, personaje bíblico) de parte de una Madama santera.

Carola está celosa. La noche en que regresa Williams al cuarto de su amante, ella le lanza un objeto contundente a la sombra, pero hiere al hombre que es Peter.  La mujer ha descubierto su secreto y lo delata: para matar a Williams hay que tirarle a su sombra. Al final de la narración, un policía negro está parado junto al cuerpo inerte del famoso ladrón.    

En una interesantísima ponencia del 2004 titulada John Peter Williams y una resistencia basada en la "mala reputación" en Panamá: la política de raza, delincuencia e identidad en el Istmo[4], presentada por Michael Donoghue, de la  Universidad de Connecticut en un congreso de LASA (Asociación de Estudios Latinoamericanos), reivindica la imagen historiográfica de John Peter Williams, personaje olvidado.  Donoghue vincula la exclusión de Williams de la narrativa historiográfica panameña con el modo como han sido construidas las ideas de raza, clase e identidad entre los panameños: por un lado, quienes han escrito la historiografía han sido los blancos y mestizos panameños; por el otro, resultaba arriesgado que se interpretara como “resistencia respetable” contra la segregación racial, los hechos que habían sido registrados como “criminales”.

Ante los ojos de los antillanos pobres de la ciudad de Panamá, en cambio, Williams se transformó en un héroe popular, capaz de humillar y frustrar a los gringos. Sentía que su ataque estaba dirigido contra aquel sistema de pensamiento llamado de Jim Crow. Esto le aseguraba una legítima heroicidad, como pasa con Robin Hood o El Zorro. Dentro de la ponencia se leen los nombres de famosos bandidos sociales, incluidos Bony and Clyde. Y al igual que Billy the Kid, John Peter Williams murió de muerte violenta a los veinte años y ascendió al reino del mito y la leyenda entre los antillanos. Años después de su muerte,  la desaparición de objetos tan comunes como un dulce recién hornedo en el hogar, fue atribuida al fantasma de Peter.  El ejemplo de "Old Pete", como le llamaban cariñosamente los abuelos, podría ser utilizado como una advertencia o una felicitación a los más jóvenes entre los panameños de origen antillano, narra la ponencia.  Añade Donoghue que la actuación de aquel negro Robin Hood (como lo llama el cuento) les dio muestras claras a los panameños de la vulnerabilidad de los estadounidenses: las malas (o buenas) lenguas decían que él había robado hasta en la casa del Gobernador de la Zona, y había dejado una nota bromista como recuerdo. Peter Williams, quien finalmente estuvo preso en la cárcel de Gamboa, como los personajes de Joaquín Beleño, murió acribillado por la policía de la Zona del Canal en 1922.

El cuento de Villa Ortega toma como asunto un período corto del final de la vida de Peter Williams, y, a pesar de las pocas páginas, logra reunir paulatinamente datos fundamentales para mostrar una imagen de Williams que lo convierte en  símbolo del modo zumbón como proponía que se luchara contra la situación de pobreza en la que vivía su gente y contra la segregación imperante en la Zona del Canal. En el cuento, Williams manifiesta un ego sostenido por la convicción de que es un hombre especial. De hecho, a él no le entran las balas, se vuelve humo, dice la gente; pero él sabe que fue santiguado por una madama santera que supo resguardarlo, y quien predijo que sería un hombre importante (para bien o para mal) pero que lo traicionaría  una mujer.  Estos elementos de lo real maravilloso sostienen la coherencia del cuento, que se vincula claramente a la cultura caribeña.

Obsérvese el método de Williams para cumplir sus propósitos dentro del cuento: sabe escalar y se cuela por cualquier puerta o ventana, roba a los ricos para repartir entre los pobres, tiene muchas amantes,  y se convierte en una figura convincente hasta para los panameños mestizos, quienes también celebran sus hazañas, sobre todo las realizadas dentro de la Zona. 

Para relacionar el discurso con la portada de Perdedores, podríamos decir que Peter Williams tiene puesta una “máscara” de persona que no se adapta a las normas que la sociedad occidental piensa que él debe desempeñar. La máscara que esperan los blancos es la proyección de la norma: una actuación como  taxista negro sumiso y tranquilo.  Pero él se salta las reglas y se viste de hombre blanco poderoso (muy bien trajeado y con joyas), y actúa como piensa él que este debería actuar cuando tiene dinero: con  buen humor, gozando de la vida y de muchas mujeres, sin olvidar a quienes lo rodean.

Así que, con aquella máscara de Robin Hood, en el cuento Williams no encarna el arquetipo de un negro;  este se ha corporizado en la sombra, encarnación de los aspectos reprimidos de la cultura occidental.  Para matar a John Peter Williams había que tirarle no al blanco disfrazado de negro, sino al negro oculto en la sombra, con toda su historia social de violaciones y violencias. Pero, además, con todo el peso de las fuerzas psicológicas propias del ser humano: fue traicionado por una negra celosa (Dalila, personaje de la cultura occidental, tenía también sus propias motivaciones) y ejecutado por un policía negro, el único que le tiró a la sombra.  Finalmente, el personaje es un perdedor, por la traición.  Pero también los traidores son tristes perdedores.

 

Otro de los cuentos de Villa Ortega que se relaciona con la historiografía panameña es “¡Fuck you! (No jodas)”. El asunto toca tangencialmente el magnicidio del presidente panameño José Antonio Remón Cantera en 1955, quien celebraba el triunfo de su caballo de carreras en Juan Franco, hipódromo nacional, cuando ocurrió el hecho.  No obstante, como no se menciona el nombre del mandatario, este dato podría mantenerse en la sombra para un lector no enterado.  El asunto es la huída de un palafrenero del hipódromo, cuidador de la yegua que obtuvo el segundo lugar. Este hombre huye porque ha sido testigo del asesinato y es reconocido por los asesinos del presidente. Se aleja velozmente de la escena del crimen a través de la ciudad hasta su cuarto porque rápidamente intentan matarlo. Encerrado, oye y atisba la llegada de varios pesquisas. Lleno de pánico corre a través del patio limoso de esta casa de vecindad. Resbala, cae, se golpea la cabeza y pierde la memoria.  Lo único que recuerda son las palabras que dijo sentado en su cama unos minutos antes: ¡Fuck you, oh yeah!

Estructuralmente el cuento es una joyita porque el primer párrafo, sin decirlo, presenta al personaje varios años después de los hechos. Al comenzar a leer lo encontramos como uno de esos viejos que cargaban una jaba de dulces o de limones para vender por las aceras de la ciudad de Panamá.  En el segundo párrafo comienza la historia.

Por otro lado, la selección de este mozo cuidador de caballos, un negro antillano que lanza expresiones fuertes en inglés y español, Rupert, como el modelo de hombre que pudiera haber presenciado los sucesos del 2 de enero de 1955 resulta muy verosímil.  Además, en ese permanente tejido de la memoria, su imagen coloca en el recuerdo a Clemente Hormiga, el palafrenero de Luna verde, de Joaquín Beleño, y tiende vínculos intertextuales con la tradición literaria.  

Más interesante aún es la alusión que se desprende de una teoría manejada por el pueblo panameño sobre el asesinato de Remón, crimen que nunca fue resuelto: había entre los criminales un amigo del presidente y, además,  tras los arbustos estaban, según una teoría,  asesinos a sueldo; según otra, hombres de la C.I.A. Todos ellos hablaban inglés.

Por otro lado, ¿cómo supo tan rápidamente la Policía Secreta panameña que Rupert era un testigo? Solamente aquel amigo del presidente que cruzó sus miradas con el negro en medio del hecho lo sabía. El lector tiene que concluir que el asesinato fue el resultado de una conspiración.

¿Quién es el perdedor en este cuento?  No es Rupert, porque en virtud de su accidente pudo librarse de la persecución de las manos asesinas. Tal vez no era cierto que había perdido la memoria, sino que lleva puesta una máscara.  Con un poco más de malicia podemos concluir que el perdedor fue el presidente José Antonio Remón Cantera, porque si la yegua que llegó en segundo lugar hubiera corrido como corrió después de los disparos, habría obtenido el trofeo del clásico presidente, y Remón no hubiera estado celebrando en el círculo de ganadores del hipódromo, como pensó el mismo Rupert.

 

El fuego es el tercer cuento que he seleccionado. 

 

Sirenas sin gemidos ni palabras

—mudo canto que sólo oyó la muerte

clavaron agonías en la noche.

Incendio – poema en tres partes-

1944

Rogelio Sinán

 

La imagen que recrea es la de un hecho que vuelve a suceder cada cierto tiempo sin que se vislumbre el final de la serie: los incendios de las casas de madera de las ciudades de Panamá y Colón que aún se mantienen en pie a duras penas, y que, al menor descuido, sirven de pasto a las llamas dejando en la más absoluta desolación a sus vecinos.

El cuadro es triste: una madre que llama a su hijo de nueve años en medio de la confusión y el humo.  Un trabajador que busca la manera de entrar hasta su cuarto y recuperar los cinco billetes de chance ganadores en la lotería, y que eran su esperanza para terminar la quincena. Otro personaje que surge en la esquina es un simple mirón, y conjetura sobre las posibilidades que hay de apagar el fuego. Una mujer se lamenta llorando porque es la segunda vez que pierde un cuarto por el fuego. Grita con desesperación porque no pudo comprender las señales premonitoras. 

El narrador se detiene a observar: los fotógrafos buscan la originalidad de una noticia; los vecinos adyacentes se preparan para lo peor; la policía evita el saqueo (hecho más triste aún), que se desprende de este infierno; las sirenas, los carros bombas, los bomberos, y, finalmente, las causas inmediatas y mediatas del incendio que dejó doscientos damnificados: una mujer desesperada por el asesinato a tiros de su hijo de diecisiete años, redujo a pedazos y, finalmente, a cenizas, el altar con velas encendidas para solicitar un amparo especial para el hijo, que vive al margen de la Ley. Las velas encendidas, dedicadas a San Judas en su pequeño altar, volteadas en el suelo, fueron la causa del fuego.

Patricia Pizzurno, en el ensayo ya mencionado antes, y cuya lectura me ha acompañado en este interesante jornada por los cuentos de Andrés, discurre sobre la imaginería religiosa en la construcción de las identidades panameñas.  La imagen religiosa forma parte de la actividad diaria de la gente, “casi humanizada, enraizada en la vida y en la historia particular de cada fiel[5]” y respetan el ordenamiento social: San Judas Tadeo es un santo del pueblo. En el cuarto, “todo se quemó, menos la imagen del santo, que fue lanzada al patio irreverentemente. Ni siquiera se quebró pues la caída fue atenuada por las sábanas del tendedero.[6]” Al saber esta noticia, una mujer levanta su voz para gritar ¡milagro! La feligresa se ha convertido en un agente proselitista de la imagen, dando testimonio del milagro.[7] 

La furia de la mujer que ha perdido a un hijo descarriado en manos de los policías es otro elemento conmovedor que coloca ante los ojos del lector la representación de un hecho que se hace cada vez más corriente y aceptado por todos dentro de esta sociedad. Esta mujer tiene puesta una máscara que ha ido elaborando a través de la vida en común, la conversación, la observación, los deseos de pertenecer a una comunidad.  Ella es uno de los perdedores que, no conforme con su destino, arrastra a la desgracia, tras de sí, a la comunidad de aquella casa de vecindad. 

 

Los cuentos de Andrés tienen múltiples motivaciones y formas.  Sus personajes han salido de las calles panameñas, de la historiografía, de los grandes libros. Nos hablan de la guerra, del deterioro causado por el tiempo, de lo misterioso, de los límites de lo feo, de los merecimientos para evadir la peste, la política, el futbol, las canciones, las cavilaciones frente un semáforo, de los sucesos del 9 de enero, de los celulares, del terrorismo y la Quinta Sinfonía de Beethoven y mucho más. Los espacios repetidos son las viejas casonas de madera de la ciudad de Panamá, pero también aparece el gueto, el resort, el palacio, la batalla. Por esos lugares andan tanto los Peter como los Rupertos, la mujer con barba como el trompetista, y su lenguaje adopta, unas veces, el vocabulario modernista y otras, se viste de pueblo. 

El recorrido a través de estas páginas nos ha mostrado las derrotas, las pérdidas de Andrés Villa, según él mismo reconoce cuando explica que ha estado contando su propia historia como habitante de las viejas caseronas de madera.  He entendido lo siguiente: una derrota es también un camino que nos conduce a la magia de la vida, una vereda para entrar al alma, una senda de tierra para localizar lo nuestro.

 

Panamá, 3 de junio de 2012.



[1] Miró Grimaldo, Rodrigo.  El cuento en Panamá. Editorial Universitaria, Panamá, 1996.
 
[3] Pizzurno, Patricia. Memorias e imaginarios de identidad y raza en Panamá. Siglos XIX y XX. Editorial Mariano Arosemena (INAC), Panamá, 1911, págs. 153. 154.
[5] Patricia Pizzurno. Op. Cit. pág. 263.
[6] Andrés Villa.  Perdedores. Imprenta Articsa, Panamá, 2009, pág, 23.
[7] Patricia Pizzurno. Op. cit. pág. 263.

DEMETRIO HERRERA SEVILLANO


Poeta que trasciende en el tiempo

Su poesía evoluciona al ritmo de los primeros cincuenta años de la vida republicana, describe vida, sueños y defectos de las clases populares, de las cuales fue siempre un representante genuino y activo.
Andrés Villa
PA-DIGITAL
Zonsos de calor y noche,
pasan cuartos,
Cuartos…
Cuartos
Cuartos de la gente pobre
con sus chiquillos descalzos.
Cuartos donde no entra el sol,
Que el sol es aristocrático...

Los versos de Demetrio Herrera Sevillano, trascienden su nombre bañándolo con la aureola que solo tiene un poeta popular. Por los temas y la versatilidad su poesía es  emblema de la literatura panameña. Por el gran impacto que logró entre lectores de todas las edades a través de los tiempos y por la continua evolución que muestra su obra, hubo momentos que todos los estudiantes de escuelas públicas recitaban Cuartos y hasta los periodistas utilizaban sus versos para satirizar, o complementar su planas noticiosas.

Juan Antonio Gómez,  escritor panameño ofrece a la sociedad el libro "Vida y Obra de Demetrio Herrera Sevillano lo que permitirá a lo estudiosos de la literatura, a los amantes de la poesía acercarse a los versos de este poeta que nació en la Ciudad de Panamá en 1902 y murió en 1950.

El libro fue producido por la segunda versión de la Beca Literaria Pedro Correa Vásquez, con la que el INAC premia anualmente a tres proyectos para crear y publicar nuevas obras. Gómez, ganador del concurso, es un incansable promotor cultural, es profesor universitario y escritor de cuentos, guiones, teatro y novelas. Después de un año de trabajo presentó el recuento en el mes de septiembre del año 2006. Este está compuesto por una obra de teatro, "Vida Pobre", que toca aspectos significativos de la vida de Herrera Sevillano.

En la segunda parte del texto, el escritor analiza siete modestas publicaciones hechas por el poeta, a lo largo de su vida. Sobre esto escribe que: "Modestos por  su tamaño y presentación,  pero que encierra la evolución poética de Herrera Sevillano que en su momento introdujo nuevas tendencias que enriquecieron la poesía panameña".

Gómez lamenta no haber podido rescatar el segundo libro de este autor, "Mensaje en Verso" de 1934, pero en Trinos, su primer compendio lírico, se ve a un poeta influenciado por otras corrientes en moda. Allí se encuentran poemas de ocasión dedicados a reinas de carnaval, damas de sociedad y a políticos. Luego el autodidacta vate, se impregna del "recreacionismo", corriente literaria donde sobresale el poeta chileno Vicente Huidrobo. Entre sus normas principales tenemos la que relaciona seres y cosas aparentemente lejanas.

De esa época tenemos su poesía "Entrenamiento" en la que junta a la bahía y a sus elementos paisajísticos y urbanos con el entrenamiento de un boxeador.

El mar-boxeador rápido-
Tiene de punchin ball
a los barquillos inquietos.
Con la toalla del viento
La tarde frota el cuerpo
sudoroso del bóxer.
Los edificios-fanáticos del ring-
contemplan apiñados el entrenamiento.

Es fácil comprender la inquietud del poeta arrabalero que transforma en versos el boxeo, un deporte popular, y a la bahía, un escenario familiar.
Al pasar los años ya son otros los temas que inspiran a los poetas. Herrera Sevillano deja la poesía pesimista y romántica de sus inicios, rompe esquemas y rimas propias de estas primeras décadas de la época republicana y con su obra Kodak de apenas 15 páginas presenta una poesía novedosa, llena de ingenio y metáforas que retratan estampas citadinas.

De la tienda de un asiático
sale una niña que lleva
cristal humeante
en la mano.

(Yo tengo la esquina presa
Con mi inclemente calzado.)

Súbito… Zas
Es el viento que al huir de un automóvil
Me ha echado encima su cuerpo.
 (fragmento)

Para Gómez es absurdo que Herrera Sevillano, dueño de un talento literario extraordinario, tuviera que batallar día a día con la miseria y hasta con el hambre, sin que recibiera apoyo de las autoridades. Esto lo retrata el poeta en su soneto "Vida Pobre":

He vuelto triste a mi tugurio. Triste
Mi madre, perspicaz, ha comprendido
que nada he conseguido
nada contra el dolor que nos asiste.

Está el fogón cual lo dejé dormido.
Pero la pobre en ocultarme insiste
el hambre que su rostro ha deprimido,
y mañana, -me alienta- tú persiste.

La última etapa del poeta es la "social", la más recordada y reconocida. Su poesía "Cuartos" ha quedado como la denuncia de una forma de vida que aún no desaparece a  más de 50 años de su muerte. Los mismos caserones de madera que cantara en su poesía, las encontramos hoy en Santa Ana, El  Chorrillo, San Miguel y Colón. Son escenarios de iguales historias y estampas que retratara en " Patios".

¡Patio! Guardado de insectos
entre carcomidas tablas.
Patio de niños desnudos
y de picantes palabras.

¡Oh patio de mis amores
en tus chicuelos, mi infancia
¡Patio! Torrente de bullas…
indiscreción de muchachas.
 (fragmentos).

También de estos años es su poesía "Tú Siempre Dices que Sí, " que nos retrata y critica como pueblo conformista y sumiso; con sus versos finales nos insta a decir que no y a buscar otros rumbos soberanos.

Esta poesía está marcada por la segunda época colonial de la historia de Panamá. Días subrayados por la lucha antiimperialista, en la que a pocas cuadras del entorno del poeta se levantaba una frontera imperialista. Los versos de este poema levantaron el clamor popular y modificaron la manera de ver las cosas de toda una generación.

Ramón H. Jurado, escritor panameño en un ensayo que busca encontrar las rutas de la literatura panameña, afirma que la aparición vanguardista de Sinán y Herrera Sevillano, hace florecer nuestras letras, pero que no dejan escuela. Lo que reafirma Gómez y otros expertos al aseverar que han sido figuras únicas, sin par.

Herrera Sevillano fue un hombre producto de Santa Ana. Cuando aquel sector era el corazón de la ciudad y sus versos profundos latidos. Allí se le veía a diario en el Café Coca Cola, la llamada esquina caliente. En vida su obra recibió reconocimientos literarios. Además en el Parque de Santa Ana, en una placa de bronce se leen algunos de sus versos, honor que le diera el Municipio capitalino.

Gómez alcanza a destacar la obra como un homenaje a un poeta que hoy reposa en el panteón de las figuras literarias que se han ido con el paso del tiempo.


Panamá América
Suplemento Día D
25 de mayo de 2008



Reflexión de Semana Santa


El Desafío de Jesucristo





Ilustración / EPASA

El Mesías entra triunfante a Jerusalén, montado en la humilde cabalgadura,
rodeado de gentes con palmas, que tienden sus vestidos a su paso.

Andrés Villa
Periodista y Escritor

 
La última semana de su vida, Jesús la vive intensamente en Jerusalén en un abierto desafío a Fariseos, Saduceos y al Sanedrín, los enemigos de su doctrina. Antes, por tres años había recorrido Galilea, el desierto, los montes y otras partes de Israel, pregonando parábolas, bienaventuranzas y mandamientos que  cambiaron el mundo. Encontramos en el Evangelio de San Marcos una clara cronología de sus entradas y salidas a la ciudad, en esos sagrados días.

Jesús llega el sábado antes de Pascua, desde Jericó a Betania, sitios cercanos a la gran ciudad de Judea, levantando multitudes y refugiándose en casa de sus amigos Marta, María y el resucitado Lázaro. Es allí donde María, derrama sobre su cabeza un vaso lleno de perfume de la espiga del nardo y el Maestro ante la protesta de Judas, asombrado por el despilfarro de tan caro artículo, anuncia su muerte. Jesús dice: “Dejadla que lo emplee para honrar de antemano el día de mi sepultura.” (San Juan, capítulo XIII, vers. 7).

El Domingo de Ramos, Jesús manda a dos discípulos a buscar un borrico, que Él asegura, que nadie había montado. Jesús es el único que sabe dónde está y les dice que no tendrán problema, que sólo mencionen que Él lo necesita. Hasta hoy el nombre de su dueño es un misterio.

El Mesías entra triunfante a Jerusalén, montado en la humilde cabalgadura, rodeado de gentes con palmas, que tienden sus vestidos a su paso. El evangelio según San Lucas dice al respecto que la multitud llena de puro gozo, comienza a gritar “¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! Los fariseos encomian a Jesús a que los calle y Él inicia su desafío diciéndoles: “En verdad os digo que si estos callan, las mismas piedras darán voces.” (S. Lucas, XVIII v. 40). La procesión entra hasta el mismo templo donde Jesús ve lo que sucede por una y otra parte, para luego retirarse junto a los doce, fuera de la ciudad.

El Lunes nos menciona San Marcos un hecho que nos confunde y creemos que no está acorde con los actos divinos de Jesús, pero quizás sí con su parte humana. La maldición de la Higuera. Quizás podemos achacarlas a la angustia que le  ocasionaba la proximidad de su pasión. ¿Por qué Jesús al sentir hambre busca  frutos en una higuera cuando “No era aún tiempo de higos”? (S. Marcos XI. v 13).

Ese mismo día lleno de ira, vuelca los bancos de los cambistas y expulsa a los mercaderes del templo acusándolos de haber convertido la casa de su padre en guarida de ladrones. Recordemos que la economía del Sanedrín, consejo supremo de Judea, residía en la actividad de los diezmos y el comercio en el templo. Jesús no deja que nadie transporte cosa alguna por el sagrado recinto. Así, de esta manera violenta, Jesús consume el día lunes.

El martes, Jesús, regresa al templo en el medio de Jerusalén, pero antes los discípulos observan cómo la higuera se ha secado de raíz. Y se maravillan. Los discípulos todavía no comprenden la naturaleza divina de Jesús ni la calidad de su reino. Prueba de eso es que días antes la madre de Juan y Santiago, le pide que los honre sobre todos los demás colocándolos a cada lado de su trono. A esto, Jesús les contesta que su bautismo será de sangre y les pregunta que sí están dispuestos a afrontarlo junto a Él. Esto no sucede, todos sabemos que al pie de la cruz, sólo Juan acompañó a Jesús.

El miércoles, el desafío doctrinal de Jesús es abierto. En pleno atrio del templo se enfrenta a fariseos  miembros de una tendencia religiosa que se caracterizaba por su rigurosa manera de observar la ley mosaica. También se enfrenta a los saduceos, aristócratas de otra facción opuesta a los primeros.

Ambas facciones tratan que  Jesús cometa faltas religiosas, o que con una frase contradiga a la ley romana. Cristo les pide una moneda romana: y al ver la efigie del César, les dice: “Dad al César lo que es del  César y a Dios lo que es de Dios.

El jueves Jesús sigue predicando al pueblo sobre la falsedad de los fariseos: “Guardaos de la levadura de los fariseos que es la hipocresía”. En el evangelio de San Mateo, los acusa de rapaces y los tilda de sepulcros blanqueados. Claro estaba que esto fue su sentencia de muerte.

Después de esto se retira y manda a sus discípulos que sigan a un hombre con un cántaro de agua. Él los guiará hasta el sitio donde celebrará su última cena y comenzará en la madrugada su martirio. Jesús muere en la cruz, pero su doctrina revive con Él cuando obra su milagro más grande: revive  de entre los muertos.


Creación Literaria en la Universidad Tecnológica de Panamá

UN DIPLOMADO PARA EL QUE LE GUSTA JUGAR CON LAS PALABRAS



Por Andrés Villa


¿Le gustan las letras, la literatura, el uso de la palabra como arte? ¿Quiere saber las técnicas de los escritores actuales, en cuento, ensayo, y novela? ¿Quiere saber cómo armar un cuento corto? ¿Quiere tener una mayor capacidad de juzgar, criticar y comprender cómo se escribe actualmente, quiere conocer a buenos profesores y a escritores notables? Pues matricúlese en el Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá y diviértase. Será una experiencia que lo adornará toda la vida, y quizás puede cambiársela.



Por experiencia le digo que este curso intensivo de 10 semanas fue un período inolvidable de mi vida. Y después de haberlo disfrutado, he publicado una novela, “La Nueve”, y estoy por publicar otro libro de cuentos y tengo en ciernes otra novela. Obras que definitivamente tienen algún mérito. Sin modestia le digo que las relaciones adquiridas en el Diplomado, me han ayudado a pulirlas y a comprender mejor mis deberes y los compromisos de un escritor. No se asuste, el Diplomado le dará las herramientas necesarias.



Este conjunto de nueve cursos muy concentrados, dictados todos por reconocidos escritores nacionales, lo dotará de la armadura y de la lanza del Quijote, quizás podrá tener hasta un rocín y de seguro los consejos de Sancho, para sortear y desenredar entuertos.



El Diplomado creado por el escritor panameño Enrique Jaramillo Levi, está programado para comenzar el próximo 2 de marzo, y como mencioné se extiende por 10 semanas en los cuales se han programado dos módulos.



Tendrá como otros años 9 interesantes asignaturas que se impartirán una vez a la semana, por tres horas, de 6:00 a 9:30 p.m. Recuerdo que Yo asistía tarde tras tarde y llegaba con ansias de estar con compañeros que compartían conmigo el amor por las letras y que fueron críticos feroces. Y con profesores a los que vuelvo a verlos en este Diplomado que se anuncia. Por ejemplo: Ariel Barría Alvarado impartirá Literatura Panameña Contemporánea, y en el segundo módulo dicatará Seminario-Taller de Novela. ¡Ojo! Barría Alvarado ha ganado tres premios Miró.



Juan Antonio Gómez, es un dedicado profesor universitario, laureado y becado por el INAC, quien hablará sobre Grandes obras de la Literatura Universal, mientras Jaramillo Levi, ganador del Miró, tendrá a su cargo un sabroso taller de Cuentos y mezclará en otra materia “Géneros literarios y periodísticos”.



El miembro de la Academia Panameña de la Lengua, Rodolfo De Gracia también participará en el Diplomado y tendrá a su cargo el Seminario.-Taller de Ensayo. El escritor De Gracia volverá a aparecer en el segundo módulo con Teoría y Críticas Literarias.



El poeta Héctor Collado le enseñará las técnicas de la poesía, y hasta a componer décimas. Collado tiene un repertorio de anécdotas y principios que harán de su clase una de las más divertidas e inolvidables.



No exagero cuando escribo que el Diplomado ha revolucionado la literatura panameña. Desde que se dicta, más son las obras publicadas y mejor es la calidad de lo escrito. Es una puerta abierta a jóvenes y a gente de todas las edades para que comiencen a recorrer un camino que es muy difícil hacerlo solo.



Enrique Jaramillo Levi tiene mi mayor reconocimiento por este esfuerzo desinteresado de reunir a escritores para formar escritores. Amigos lectores, esto no es común. De ninguna manera. Cuántos extraordinarios literatos se refugian en sus estudios y después de haber logrado el éxito lo atesoran y lo esconden. No es el caso de nuestros amigos escritores y profesores del Diplomado. Allí lo esperan para hacer que escriba mejor y sino es así para que entienda mejor las técnicas de la palabra. Si a Ud. le gusta esto no lo desaproveche.

Una Cita con la Historia


Cuando meditaba, se convencía de que les tocaba hacer el sacrificio, poner el pecho, trepar y trepar hasta colocar las banderas en lo más alto. En fin eran los que vivían más cerca de aquella falsa frontera y precisamente cuando sucedieron los acontecimientos, entraban a la edad de las responsabilidades.

Andrés Villa // Panamá América

LOS MÁRTIRES, como fueron considerados los que cayeron, casi todos vivían en los barrios que limitaban con la infame cerca levantada por los extranjeros.

Crecieron con la vergüenza de ver ondear otra bandera en su territorio. De ver aquel lado de la avenida como un paraíso prohibido, y oír hablar a sus padres, que allá todo era perfecto y que había que guardar un comportamiento distinto, pues regían otras leyes.

Todo lo que venía de aquel Olimpo era mejor. Tenía la magia de la ambrosía, que convertía a las galletas en "cookies" de todas formas y sabores, y dotaba a los jugos de ocho vegetales, con el poder de ponerte los cachetes colorados como los de ellos. Aunque la leche era de las vacas de este lado, cuando llegaba allá, no estaba aguada. Allá los chiquillos podían escoger entre la increíble cantidad de setecientas distintas marcas de barras de chocolates, cada cual más delicioso que el otro. Había uno con el nombre de un jugador de béisbol, que se hizo célebre por batear la bola fuera del parque, después que se comía una de esas tabletas. Fue tan famoso que terminaron por ponerle su nombre al dulce. Todo eso sucedía en unos sitios a los que llamaban comisariatos, donde había una variedad tan grande de artículos que, todavía muchos de ellos, esperaban el turno a que se descubriera el motivo para usarlo.

En el otro lado de la avenida, a los relojes se les daba cuerda, funcionaban bien, no se

inventaban excusas y nadie llegaba tarde.

La noticia del levantamiento de jóvenes primero y de todo el pueblo después, reclamando el territorio perdido, le dio la vuelta al mundo, aunque ninguno de los bandos comprendió bien lo sucedido. Más tarde, cuando en el país de los opresores, importantes revistas le dedicaron sus principales páginas a los sucesos, fue cuando en ambos lados de la cerca comprendieron que estaban en conflicto. Advirtieron que no había sido noticia de un periódico de ayer. El editor de la principal revista, de la capital del mundo, donde se hablaban más idiomas que en la Torre de Babel, se asombró con la foto aquella, y la puso en la portada. Entonces todos supieron de la habilidad de los chicos que treparon hasta la punta de los postes de luz, donde colocaron los colores criollos. Nunca pudieron entenderlos, pero para los escaladores era simplemente tan fácil como bajarle un coco a la abuela de la palma del patio trasero. Se abrasaron fuertemente a los pilotes y se impulsaron con la planta de los pies y las manos. Tenían miles y miles de hombres que podían hacer eso y ellos no. Claro que en ese momento crucial, estuvieron bajo la mira de los fusiles de los soldados. Dicen que estos también eran muy jóvenes y que se asombraron tanto con la habilidad trepadora de sus contrarios, que prefirieron observarlos en vez de dispararles.

Años después, el valiente aquel que llegó hasta arriba, corroboró que ante la agresión que provocó una veintena de muertos y centenares de heridos, quiso

demostrarles a los del otro lado, que no podían trepar palmas.

El problema siempre fue de orgullo. La gente de acá se resentía de la manera como lo veían aquellos extranjeros. Estos pensaban que los del país no eran capaces de nada.

Solamente de obedecer y de ocupar los puestos más bajos en la pirámide de oportunidades laborales. Sentían que no les hubieran agradecido todos los esfuerzos en levantar la cerca, matar a los mosquitos, cavar la zanja y traer mil y una costumbres nuevas, de las que el setenta y cinco por ciento eran malas. No comprendían o quizás se les olvidó, que el hombre es un animal y como tal tiene un sentido muy fuerte de arraigo territorial, que a medida del paso de los años se van juntando hechos y costumbres, música y poesía que no son más que el patriotismo. Los mismos sentimientos que los llevaron a ellos, en su momento, a rebelarse y tirar al mar la más delicada de las posesiones que tenían sus opresores, el té. Una infusión que cuando fueron colonos, por los impuestos, no podían disfrutar. Pero pienso ahora que ningún cura se acuerda cuando fue sacristán.

Cuando se disipó el humo de la pólvora, se enterraron los muertos, en funerales de estado con todos los honores. Pero quedaron los lesionados que, cuando caminaban por las calles, mostraban las secuelas de sus heridas. Brazos contrahechos, piernas lesionadas y otros malestares mayores que acortaron años de vida a varios de ellos, años de vida. Pero esos baldones los dotaron de una aureola que aunque con el paso de los años se fue destiñendo, tenían el sortilegio de hacerlos brillar nuevamente cuando los hechos fueron vistos con el lente de algunas celebraciones históricas. Así fue cuando los extranjeros, de cachetes colorados, acordaron irse y nuevamente ocurrió cuando finalmente terminaron por hacerlo.

El nunca lució aquella aureola, pues durante los sucesos nadie recordaba haberlo visto

por los lados próximos a la cerca. Ni socorriendo a los heridos, ni por otros sectores donde se dieron las refriegas y zumbaron las balas que abrieron grandes boquetes en las paredes de concreto y en los cuerpos de los manifestantes. Nunca apareció en las fotos que llenaron las páginas de los diarios y que año tras año volvían a ser publicadas en los aniversarios de la gesta. Todo por su decisión de meterse al cine, en vez de cumplir una cita con la historia.

Panamá América
9 de enero de 2010

Análisis: Novela de Richard Brooks

 
 
La calle del espanto y sus demonios



Por: Andrés Villa  villaturs@yahoo.com

Las páginas de La  Calle del Espanto, novela de Richard Brooks  nos demuestran   que la  ciudad de Panamá de la década del cuarenta  ya no está,  estuvo envuelta en  las brumas de un folclore riquísimo que  desapareció cuando cerraron  sus panaderías, almacenes, restaurantes y cantinas. Los que la conocimos, apretujada en   los barrios de San Felipe, Santana, Chorrillo, Marañón, Calidonia y Bella Vista comprendemos  por qué el autor escoge a  Salsipuedes como  escenario principal para su narración pues  en la bajada  aún perduran aprisionadas   las virtudes y defectos  de aquellos tiempos. 


Lo más importante de la  obra son las asombrosas técnicas   esgrimidas por  el autor para contar sus aventuras. Al exorcizar sus demonios, al realizar una catarsis de sus recuerdos, logra  transmitir una saga autobiográfica salpicada de fantasías, que nos conectan con  emocionantes hechos   de nuestro pasado.  La Calle de los Espantos demuestra lo  inquietante y apasionante de nuestra historia. 


El episodio de la tajada de la sandía, el suicidio de los chinos, el fusilamiento de un cholo guerrillero, la gesta del 9 de enero, son  vistas por  tres chiquillos gracias a lentes mágicos que caen del bolsillo de un diabólico personaje que aún  representa una incógnita para mí. La llegada de las carabelas españolas y  el ataque de los piratas ingleses  se asoman  fugazmente a las páginas de la novela gracias a la aparición de una rara moneda llena de magia.


Palillo, Hormiguita, el Grillo, nombres tan comunes a cada  calle de nuestra urbe  son los protagonistas de la trama que repito, narra las costumbres de una ciudad víctima de oleadas migratorias y  del paso continúo  de viajeros que la hicieron única y  nuestra.  La recreación de  escenas, de formas de pensar populares , de problemas  comunes   distinguen el trabajo de Richard Brooks con la  universalidad que busca todo autor.


Richard Brooks ( Ricardo Arturo Ríos Torres) para narrar utiliza el tiempo como su aliado.  Cada capítulo puede  ser la clave para el gran enigma mayor que es la obra en sí misma como un todo. Algunos de ellos pueden ser leídos como  eslabones individuales. Pero estos se suceden sin orden cronológico y acompañados de poemas de otros autores que sí tienen que ver con  los efluvios que captura la mente del autor al escribir cada uno. Por lo menos es la sensación que atrapo al leerlos. También pienso que  la aparición de estas poesías  es un homenaje a  los poetas  por parte del autor.  



Los capítulos del libro  tienen nombres mitológicos, de personajes  históricos y  de  sus adláteres literarios.  La Calle del Espanto también refleja  cómo cada uno de ellos se relaciona con su  estilo  y  pensar literario.  Este también vierte su acervo  de datos mitológicos, deducciones  y  conocimientos históricos y generales  contribuyendo  al desordenado orden de la acción narrativa.

   Notamos que el literato  en alguna parte  de su escrito  derrama un tono desafiante  ante  la crítica. Se adelanta  ante ella, producto de la osadía de sus demonios.  No vemos por qué, es libre en su arte y logró una obra que a mi juicio sentó pautas en la literatura panameña.

Nota. Andrés Villa es periodista y apasionado lector

Panamá, 2004.

La Ruta de Panamá


HISTORIA. a 500 años de su descubrimiento
Se echó mano a toda la tecnología de la época y se construyeron recias fortalezas. Surge en el istmo el triángulo de hierro: Portobelo, San Lorenzo y Panamá, que se constituyó en bastiones del comercio y la defensa.

Andrés Villa
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El descubrimiento del Mar del Sur cumple en el año 2013 nada menos que 500 años. El tiempo ha volado, han sucedido muchas cosas, pero, en la historia de la humanidad, son los libros de civilización los que guardan principalmente esa fecha. Son más de cinco siglos desde que el hombre occidental comenzó la era de los descubrimientos, amplió sus horizontes y encontró la ruta a Panamá.

Es que los esfuerzos de Vasco Nuñez de Balboa, que culminaron aquel 25 de septiembre de 1513, quedaron tallados en letras de oro pues, desde ese momento, se multiplicaron los caminos por los que se comunicarían las naciones.

Balboa revela a la corona española y a la sociedad mercantil de aquellos tiempos que Panamá es un istmo muy estrecho y que lo que descubrió Colón es nada menos que un gigantesco continente. Que ha descubierto un ancho mar, que es mucho más pacífico que el Atlántico.


Desde ese momento, la conquista española se facilita y se acelera la llegada de la época colonial que duraría alrededor de 300 años.

Surge un nombre, para todos los marinos, inversionistas y los comerciantes, el nombre de Panamá. Por Panamá, se puede. Es más rápido y corto por Panamá. ¿De dónde viene eso? De Panamá. ¿Cómo llegaremos allá?, todos contestan por Panamá.

Y así comienza a ser. Desde el Perú, por Panamá, pasó la papa, el tomate, los ajíes, el oro de los incas. Por Panamá pasó el caballo hacia el sur, la vaca y las gallinas, la caña de azúcar. Productos que cambiaron la geopolítica de Europa y comenzaron a formar un nuevo lugar, América.

Y si usted cree que esto es poco, imagínese qué sería de la comida italiana sin el tomate. Gracias al cultivo de la papa, la población europea creció. En el siglo XIX, la migración irlandesa a los Estados Unidos se debió a que las cosechas del tubérculo, durante varios años seguidos, se malograron y la comida escaseó.

El infame mercado de esclavos, factor preponderante en la colonia, también pasó por Panamá. En Portobelo y en Calidonia, funcionó un gran mercado de seres humanos que fueron secuestrados de África. Al final, todo sirvió para conformar el gran crisol de razas que pobló a todo el continente.

Como España, en esa época, no pudo construir un canal, fundó a la ciudad de Panamá y abrió dos caminos transístmicos, el de Cruces y el Camino Real, que se comunicaron con puertos sobre el Mar Caribe.

Y volvieron a considerar a Panamá como un paso mágico, como un sitio increíble.

¿De dónde vienes? De Panamá, que es un sitio de oportunidades. Nacieron las ferias comerciales de Portobelo, y todas las flotas de la poderosa España se juntaron en aquella bahía que descubriera Colón en su cuarto viaje, con las mercancías de otros barcos anclados en el Pacífico, en Panamá.

Y llegaron los piratas, las guerras en el Caribe y acabaron con todo. Los enemigos de España comprendieron que si querían hacerle daño, había que arruinar su principal ruta. En 1671, forman la mayor expedición pirata de la historia y destruyen esa ruta. Pero qué va, aquel paso muy cercano entre dos mares era demasiado importante. Y aquella palabra mágica: Panamá, volvió a ser tomada en cuenta. Se echó mano a toda la tecnología de la época y se construyeron recias fortalezas. Surge en el Istmo el triángulo de hierro: Portobelo, San Lorenzo y Panamá. La Ciudad de Panamá fue una de las últimas en el mundo a las que se encerró entre murallas. Y se fueron los piratas, pero fue entonces España la que baja su actividad, la que aplica monopolios en el comercio con sus colonias, y la ruta no es tan vigorosa como en el principio.

En el siglo XIX, el mundo entra en la era industrial, crecen las naciones. Aparecen los grandes estados: Francia, Estados Unidos y el Imperio Británico. Y en 1855, se construye el primer ferrocarril transcontinental de la historia. ¿Por dónde? ¡Ufaaaaaa!, ¿no lo sabe? Eso es muy claro, ¡por Panamá!

También, para esos días, los franceses comprenden que hay que encontrar un sitio para un canal, que acorte las distancias entre los océanos Atlántico y el Pacífico, y determinan que Panamá es el sitio indicado, pero fracasan en su intento.

En el Siglo XX, el hombre había logrado muchos inventos y construyó el canal por Panamá. Y de allí las cosas se multiplican. El istmo se convierte en una nación democrática, es un centro de inversiones, hotelero, un destino turístico, un sitio donde los retirados pueden vivir bien, pero todo eso comenzó hace 500 años con el descubrimiento del Mar del Sur.

Los estudiosos del tema, en las escuelas, a veces se van por lo romántico o por la fatalidad de las disputas entre Pedrarias y Balboa, que terminaron con la decapitación del último. Pero lo medular de aquella época es el descubrimiento de la ruta.

Vivir a orillas de una ruta, con los que llegan, con los que se van, con los que se quedan, da cierta identidad. Marca la forma de ser de un pueblo. Determina sus costumbres, y la composición de su población. Así pasó en Panamá. Fuimos y somos de una región que es camino, puente y puerta, y adoptamos las costumbres de los que llegaron. De los negros antillanos, de los ritmos cubanos que llegaron por la radio y por los vapores que recalaban en la Habana antes de terminar en Colón, de los italianos, judíos y griegos. De los hindúes y de los chinos. De los norteamericanos, aunque al final la ruta atrajo a la población del interior y ellos trajeron su acordeón, sus cutarras, su pollera y reclamaron su lugar, alrededor de la ruta.

Vivir sobre una ruta te da tolerancia con los visitantes. Panamá siempre ha abierto sus puertas y los panameños han brindado una sonrisa. Actualmente, recibimos más de millón y medio de visitantes anuales, comenzamos a ser reconocidos como un gran destino turístico, cuya principal marca es ser la gran ruta en el medio de las Américas. Todos quieren conocer la ruta.

Celebremos, recordemos la importancia de la hazaña de Balboa, aquel 25 de septiembre de 1513. Son 500 años de la ruta, 500 años de una historia que hizo que se conociera mejor el planeta y que se formara la idiosincrasia del pueblo panameño.


Panamá América
Suplemento Día D
8 de agoasto de 2010

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