EL FUEGO

Por Andrés Villa

-¡Carlitooooos¡ ¡Hijo mío¡-
El alma de Sofía regresó a su cuerpo. En medio de la confusión de la calle apareció la figura escuálida de su hijo de nueve años. Carlitos espantaba el humo que le salía al paso con sus brazos, y corriendo perdió una chancleta. Cojeando llegó hasta la figura protectora de su madre que lo abrazó sin soltar a su niña de un año, que sostenía con el otro brazo. Su madre era todo para él. A su padre hacía tiempo que no lo veía.
Sofía ahora centró sus angustias en ver cómo las llamas llegaban a su cuarto destruyendo su pequeño mundo, su montón de chécheres. Las lágrimas corrieron por el prematuramente avejentado rostro de la joven.
***
Ricardo dobló la esquina y el infierno apareció de súbito. Las llamas escalaban por las paredes de madera del viejo caserón donde vivía consumiéndolas. Trató de entrar por el zaguán, pero un bombero, con su roja casaca se lo impidió. Buscó entonces dar la vuelta y entrar por el callejón, tenía que recuperar los cinco pedazos de chances de lotería que había acertado en el primer premio del sorteo del mediodía. Era todo lo que tenía para terminar su quincena. Un humo espeso, negro, caliente le cerró el paso.
Los bomberos conectaban las mangueras a los hidrantes de las esquinas. Trataron de sofocar las llamas para que no se propagaran y calcinaran toda la hilera de casas de madera.
***
Tabo alejado, tranquilo, parado estratégicamente desde una esquina, veía la epopeya que enfrentaban a los bomberos. Y se decía: “Qué va, no las atajan ya. Se les fue la primera casa y la segunda también. Tan cerca de su cuartel y nunca pueden sofocar los incendios. En varios años todas las casas de madera que tienen a su alrededor se han quemado…no sirven para nada”
La desilusión apareció en su rostro cuando creyó que los chorros de las mangueras equilibraban la lucha, pero volvió a sonreír cuando la presión del agua disminuyó, al mismo tiempo que las ráfagas de viento avivaron las llamas que se propagaron a la tercera casa. El fuego continuó. De pronto toda una pared encendida se desplomó y obligó a los bomberos a retroceder, en medio de chispas amenazadoras.
***
El llanto de una mujer se elevó por encima de las cientos de historias que componían el siniestro y adornaban como trágicos crespones el atardecer.
-¡Yo lo sabía, por eso no quería que me mudaran a una casa de madera! No quería vivir más en casa de madera. ¡Ayyy ese maldito representante, nunca me oyó¡ No quiero vivir en casa de madera, por los fuegos, bien que se lo dije. Ya se me quemó un cuarto y ahora otro. ¡Ayyyyy! Y los sollozos se atragantaron en su garganta acallando sus continuas maldiciones, mientras auxiliada por familiares abandonaba la calle del siniestro.
***
La llegada de la noche resaltó la luminosidad del incendio. Era el momento para los fotógrafos que se disputarían por el título más original en las portadas de los diarios de la mañana. La gente de casas más alejadas sacaban sus enceres tratando de ponerlos a buen recaudo. La policía se multiplicaba para evitar el saqueo. Las estrechas calles desbordadas de resplandores siniestros, de humo, de olores, de chorros de aguas, de personas que con sus llantos y lamentos, con sus temores que como pesados lastres se hundían en la impotencia. Las sirenas anunciaban la llegada de nuevos carros bombas.
Después se supo que el fuego incineró cinco casas y dejó doscientos damnificados. Se había iniciado cuando una mujer furiosa, decepcionada por el asesinato a tiros de su hijo de diecisiete años destruyó, dentro de su cuarto, un altar con velas encendidas a San Judas Tadeo, a quién se lo había encomendado. Todo se quemó, menos la imagen del santo que fue lanzada al patio irreverentemente. Ni siquiera se quebró pues la caída fue atenuada por las sábanas del tendedero.
-¡Milagro! Dios Bendiga a San Judas- dijo una mujer al conocer la historia.

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