MARILUZ

 Por Andrés Villa

El cadáver del estudiante, era el segundo cliente del bar asesinado en las últimas tres semanas. Me resultaba difícil pensar que esta nueva víctima fuera también cliente de Mariluz.
Esa noche, las mujeres se agruparon como bacantes de un templo griego alrededor del diario que en primera plana mostraban a aquel joven ultimado a puñaladas. Bajo la tenue iluminación de las luces de colores que decoraban el ambiente, miraban el cuerpo ensangrentado con un rictus de horror en el rostro.

Mariluz fue la que reveló que ambos frecuentaban el bar. Y que habían sido sus “amigos”. Recordaba al joven estudiante que llegaba los miércoles y esperaba pacientemente a que estuviera desocupada para conversar con ella, pagarle algunos tragos y disfrutar sus encantos.

El primero era un obrero, joven también, que había ganado una importante suma en la lotería y visitaba el bar asiduamente. Había estado con otras, pero volcaba su preferencia por ella.

Cuando conocí a Mariluz quedé impresionado. De tantas chicas de bares que había encontrado en mis recorridos bohemios, ésta era la más bella. Me llamaba la atención por su cinismo al afrontar su profesión de venderse a los hombres noche tras noche. Pero lo que no comprendí fue el arrebato de Alfredo al conocerla y el interés de ella por él.

Alfredo era mi amigo y vecino del mismo edificio de condominios. Compartíamos la afición por la pornografía, las noches de bares y chicas. Desde que la conoció y subió con ella a uno de esos cuartos de hotel en la zona del puerto comenzó a ilusionarse.
--Tú no sabes lo que siento—
--Tú no sabes lo que es ella—

Decidí no intervenir en ese alocado idilio. Ni cuando encontré a Mariluz sentada en la sala junto a la mamá de Alfredo. Qué locura. Si se enterara la señora de quién era ella.

II

Recordaba cuando tras cruzar el puente por primera vez vio las luces de la ciudad. Parecía como si cada una fuera la respuesta a sus deseos. Venía sola, sin rumbo fijo, con su belleza y sus veinte años por equipaje, con unas ganas intensas de vivir, de tener todas esas cosas que veía en la televisión. De las novelas aprendió a mentir, engañar y a ocultar sus sentimientos. En el bar del pueblo de aquella zona bananera comprendió porqué a los hombres se les encendían las miradas cuando los atendía.

Sus piernas emergían provocadoras de aquellas pequeñas faldas o se insinuaban en apretados pantalones que compraba en el almacén de la calle principal. Decían que esos locales vendían barato, pero que en la ciudad encontraría cientos más grandes y con miles de cosas mejores. La ciudad, la ciudad era el mito que llenaba de fantasías las cabezas de todos en esa apartada y calurosa región.

Comprando en ese lugar conoció a Raquel, la extranjera que trabajaba en el burdel. Ella le había dicho que era muy bella, que en la ciudad una chica con ese color aceitunado de su piel, sus largos cabellos negros y su provocativo cuerpo tenía mucho futuro. No comprendió bien la sonrisa burlona que dibujó su rostro al recorrerla con sus ojos de arriba abajo.

“Los hombres, siempre los hombres buscándonos, tratando de hacernos caer. Pero no, primero caen ellos que yo. Ninguno va a jugar conmigo. Si quieren mis encantos que paguen. Nunca me tendrán; si quieren que compren a Mariluz, nunca sabrán mi verdadero nombre.”
La joven temía pensar que pudiera ser algo más que coincidencias las muertes de sus clientes.
Desde la tarima de baile, en la que agitaba sensualmente su bella figura al ritmo del merengue, vio a Alfredo en el rincón donde habitualmente la contemplaba y la esperaba. Comenzaba a empalagarla ¿o a temerle?. “Pero no, Alfredo no era capaz.

III
El Chistoso fue la tercera víctima. Llegaba al bar saludando a todos, abrazando a las chicas, tocándole las caderas. Por su jovialidad y sus generosas propinas le eran permitidas esas licencias. La única vez que noté en su rostro una mueca de desagrado fue cuando volvió a encontrar a Alfredo acaparando a Mariluz.

Se desencadenó entonces una silenciosa competencia por disfrutar de los encantos de la chica. No dejaban de halagarla, pagarle tragos y de esperar que terminara sus bailes para acompañarla al salir del bar.

Alfredo perdía más de las veces, pues el Chistoso tenía mucho dinero. Desconsolado por no poder estar con Mariluz, dejaba el establecimiento y se perdía caminado por las gastadas aceras de esas callejuelas débilmente iluminadas por viejos faroles que colgaban de las esquinas. Se negaba a que lo acompañara y se iba rumiando su dolor.

En las noches que podía comprar los encantos de la chica, se comportaba alegre y feliz.
--Tú no sabes, lo que siento.
-Tú no sabes lo que es ella.

La muerte del Chistoso, también a puñaladas, hizo que investigadores de la policía visitaran el bar e interrogaran a las mujeres. A los clientes como Alfredo, a mí y a otros más nos indagaron también. Pero no hubo arrestos.

IV
Las noches transcurrían tensas. Las chicas no bailaban bien. Su contoneo parecía forzado. Hasta las pícaras frases del anunciador habían desaparecido. Los clientes dejaban de frecuentar el bar y los diarios comenzaban a relacionar los asesinatos con el lugar. La gente de la televisión llegó y, tras mucho negociar, una de las bailarinas aceptó a comentar los crímenes, pero con la condición de que su rostro no apareciera en cámara. El que sí apareció molesto fue el propietario pidiendo a los periodistas que se fueran.
-Estoy aterrorizada, sospechan que Alfredo es el asesino de mis clientes - me dijo esa noche en que él no fue al bar.
-Cada vez está más obsesionado conmigo; y las chicas comienzan a murmurar. Hasta me invitó a conocer a su madre. No comprende que en esta profesión los queremos a todos y a ninguno. Nuestra venganza contra la sociedad, que nos empuja a vender nuestros cuerpos, es la indiferencia hacia ustedes. ¿Entiendes, verdad?
Asentí comprensivo, buscando refugio en mi trago, mientras Mariluz chupaba su cigarrillo. Las volutas de humo se identificaban fugazmente con las luces del bar, mezclándose con las de otros fumadores de la barra cual si fueran serpientes voladoras llenando de irrealidad el bar que servía de escenario a tantas pasiones.
- No sé que hacer.

V
Los inspectores de policía fueron a la casa de Alfredo y lo arrestaron. Los rumores de las chicas, de los cantineros y del dueño del bar llegaron hasta ellos señalándolo como el principal sospechoso. Nunca olvidaré el rostro angustiado de su madre al ver cómo lo conducían esposado con las manos a la espalda, bajo estrictas medidas de seguridad. Abajo, en los estacionamientos, estaban los vehículos en que se lo llevaban pese a sus protestas de inocencia. Un poco más allá, la prensa, morbosa con camarógrafos y fotógrafos buscando la foto de portada y los reporteros preguntando ¿por qué, cómo y cuándo? ¡Ah! Y por el arma homicida.

Las cosas se fueron normalizando en el bar. Era como si se hubieran olvidado de las víctimas y de Alfredo, que permanecía preso. Las mujeres volvieron a mostrar sus mejores pasos de baile y los encargados de la música a escoger las piezas más alegres. Pero algo me seguía molestando, los clientes de Mariluz. Pensé que ahora sí iba a estar desocupada solamente para mí.

El asesinato de un cuarto feligrés del bar ha confundido más a la policía y ha desviado la atención de todos sobre mí. Estoy esperando la llegada de los investigadores, yo también estoy confundido.

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