LA SERPIENTE EN LA CAJA DE CRISTAL

Por Andrés Villa

Se sentía nervioso. Presagiaba el peligro. No atinaba a moverse y alejarse, una barrera transparente se lo impedía. Temía que la inmensa e inmóvil cabeza del reptil que tenía por delante, en cualquier momento abriera las fauces y se lo tragara.


La serpiente, que aún no tenía apetito, esperaba las señales de sus instintos para comer. Los quejidos de su compañero de encierro le molestaban, pero por otro lado, su presencia no dejaba de causarle placer. Ambos, dentro de esa caja de cristal, no podían sortear el destino inexorable que suponía que uno sirviera de alimento al otro.


El tiempo fue el juez que determinó que por fin, la serpiente con un rápido movimiento, capturara al pollito; y que con acompasados movimientos musculares de su larga garganta, adornada de caprichosas y asimétricas manchas negras, que contrastaban con su verdosa piel escamada, se lo tragara. El pequeño animal no pudo soltar ni un pío más, de los tantos que gimió desde que el cuidador de la culebra lo colocara en la caja.


Las apretadas filas de soldados avanzaban por la desigual superficie del campo de batalla. Los hombres trataban de llevar los compases de los redobles del tambor en su heroica marcha mortal. Frente a ellos, más allá, las negras bocas de los cañones del enemigo aguardaban silenciosas, para soltar las asesinas lenguas de fuego llenas de mortífera metralla. Todo era muy distinto a la tranquilidad de la noche anterior.


Lo inminente de la batalla sumía al campamento en una nerviosa calma. Los últimos destellos del sol se veían esconderse tras los montes, no sin antes descomponer el cielo en tonos violáceos y ardientes tonos naranja, que después se repitieron en la luz de las fogatas. Esto dotó al ambiente de un albor surrealista. Los soldados tratando de mitigar el frío, se juntaron alrededor de los ardientes troncos de madera seca que se consumían entre los espacios que habían dejado, al levantar las tiendas de campaña.


En un extremo del campo los corrales aportaban el olor a bostas y el relincho de las caballerías. Los animales también presagiaban el peligro inminente que se avecinaba, con el próximo amanecer.
Los jóvenes soldados reflejaban el movimiento del fuego sobre sus rostros, al ser avivadas las llamas, por el viento helado que bajaba de la cordillera. Taciturnos, se arrebujaban dentro de sus capotes militares. Uno de ellos dijo:
--Yo sé que mañana me van a matar—
-- No digas eso, José — contestó otro, al que una gran cicatriz le adornaba la mejilla. – Es de mala suerte.
--Mañana caeré en el campo de batalla, como les sucedió a tantos de nuestros compañeros, en ofensivas anteriores, y no podré levantarme. Terminaré mis días con la cara sobre el fango. Triste sino el de nuestra generación. Tener que afrontar esta guerra. Nos dicen que defendamos nuestro país, nuestras familias, pero es injusto que los hombres se enfrenten unos a otros en fiera lucha
--Lo tuyo no es más que cobardía. El soldado debe afrontar su suerte con gallardía. Yo estaré en las primeras líneas siempre con el pecho henchido de valor; —Acusó otro que en sus mangas lucía dos galones.
--Si no fuera porque tenemos el deber de enfrentar al enemigo, te haría tragar esas palabras, hasta que se te anudaran en tu garganta, y te arrancaría la lengua para que no volvieras a dudar de mi valor. Les digo que tengo un raro presentimiento fatalista de que no veré el día después de la batalla.
Ante la amenaza, el cabo hizo un ademán de desenvainar su sable, pero otro compañero lo tomó por el brazo impidiéndoselo.
--Guarden sus ganas para el enemigo. Pero tú, déjate de pensamientos fatalistas, que socavan la moral en nuestras filas. —Dijo un sargento.
--No lo puedo evitar, sé que moriré mañana. ¡Moriré, moriré, mañana!
¡ Sí, mañana!

Solo con un golpe que lo derribara al piso, pudieron callar al soldado, que rompió en un histérico llanto.


Después del episodio solo dos figuras quedaron acuclilladas frente al fuego. Se miraban uno al otro, sin atinar a comentar nada de lo sucedido. El más veterano rompió el silencio que como una cúpula reinaba sobre la fogata, y se dirigió al joven al que apenas le asomaba el bozo sobre los labios.

--La batalla es el fin de un camino. Ella nos espera. No hace distinción por ninguno de los dos bandos. Es nuestro destino, nacimos y crecimos para llegar hasta aquí, y luchar sin saber por qué lo hacemos. Los generales que comandan el ejército hablan de libertad, de patriotismo, pero lo único cierto es la confrontación de la mañana. Un gigantesco hecho épico, al que cada cual enfrentará como pueda. Algunos dicen que somos afortunados al hacer historia. Lo único que recordarán es el nombre de la batalla, no a ninguno de los que en ella cayeron. He visto a soldados que se acobardan, como éste de hace poco, y otros que se regocijan al participar de estas cruzadas. Se acicalan, lustran sus botas, y acomodan las charreteras y alamares de sus uniformes para que resplandezcan al sol. Afilan sus sables, aceitan sus pistolas y engalanan sus monturas. Sólo para caer destrozados por la metralla de la primera andanada. Cosa fea, la guerra. Miembros mutilados y vientres perforados, sed, sudor, sangre, lágrimas y vidas truncadas. El que sale ileso no lo olvida jamás. Cosa fea, la guerra. — Repetía el viejo guerrero, como un sonsonete.


El novato no atinaba a decir nada, pero estaba de acuerdo con el veterano. Lo acababan de reclutar. Al pasar el ejército por su región consideraron que tenía suficiente fuerza para empuñar un fusil y participar en la gesta libertadora. No sabía nada del mundo. No se había separado nunca de aquel rancho donde nació, entre las llanuras y las montañas. Cuando mucho, de vez en cuando bajaba al mercado del pueblo con su padre y sus hermanos. Pensó en Rosita, aquella bonita muchacha del rancho vecino. Si las cosechas de su padre eran buenas, pronto se casarían, pues tendría con qué hacerle frente a las próximas siembras. Tendría hijos y lucharía para echar para delante los terrenos que heredaría. Rosita sería una buena esposa. También extrañaba a su mascota, la serpiente que encontró por los lados del río. La guardaba en una caja que fabricó con los cristales de ventanas rotas. La alimentaba con ratones y con pollitos.


Ahora marchaba inmerso en esas apretadas filas, con su fusil apuntando hacia el frente. Lo quebrado del terreno le dificultaba seguir los golpes del tamborilero. Su compañero, el veterano aquel, lo animó, cuando comenzaron a caer las granadas arrojadas por la artillería enemiga.


--Sigue adelante, no temas, lo que va a pasar, pasará. Marcha hacia el frente con valor.


Él sólo se acordaba de los pollitos y de la serpiente en la caja de cristal.

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