THE FOOL (EL TONTO)
Por: Andrés Villa
Ella parecía salida de su mazo de cartas del Tarot. Siempre pareció una misteriosa muñeca. Su abundante, negro y rizado cabello llamaba la atención haciendo más pálida la tez de su cara bonita. Pintaba sus labios de colores muy raros; de negro, morado o bronce. Matices que repetía siempre en las largas uñas de sus afiladas manos, en las de sus bellos y delicados pies y en sus ropas. Adornaba su cuello y orejas, muñecas, tobillos y dedos con los más raros pendientes, anillos, zarcillos y collares. Su afición por los signos zodiacales era notoria. Con sus altas sandalias parecía una sacerdotisa egipcia y siempre pensé que para ella yo era un tonto.
Entró de repente en mi vida. La conocí en esa fiesta, rodeada de gente snob, de artistas y actrices de teatro, de poetas y de gente gótica. Un viejo amigo, a quien encontré en una tienda esotérica cuando compraba cartas del Tarot, me invitó a la fiesta. Hasta el último momento dudé asistir.
Creo que quizás Miriam se fijó en mí, pues desentonaba con todos los de la reunión. Mi aspecto serio de intelectual desgarbado, mis gruesas gafas, no coincidía con su rara y frágil belleza. Esa misma noche hicimos el amor en mi apartamento. Fue una fantástica experiencia. Cuando sacó de su cartera preservativos de color negro comenzó un largo y sensual ritual por todo mi cuerpo, que enervó mis sentidos hasta las últimas consecuencias. Llevó el ritmo y el control de la situación de principio a fin.
Así de rápido como llegó, desapareció, para reaparecer de manera súbita cuando menos la esperaba. Se fue haciendo parte de mi vida, cambiando mis costumbres y dictando leyes gravitacionales tan firmes que comencé a girar a su alrededor.
Cuando aquella noche, tras hacer el amor, se enteró de mi interés por el Tarot, se
incorporó, y desnuda atravesó toda la habitación para sacar de su bolso una caja de madera, y
de ella, envuelto en un fino paño, un mazo de cartas que barajó y desplegó ante mí.
La belleza translucida de su cuerpo me deslumbraba; era un símbolo más, igual a los que podía encontrar en los naipes. Por eso pensé que había salido de alguno de ellos. Por su porte y negra cabellera y por su carácter lunático se parecía a la Gran Sacerdotisa.
Se deleitaba tirándolas para hablar del cinco de copas, la carta que hablaba de mi pasado y de las circunstancias que apoyan u obstaculizaban mi situación del momento. Siempre se detenía en las cartas que revelarían mi futuro o que pudieran aclarar nuestra relación. Esas las explicaba de manera ambigua, ocultando algo que sabía. Lo que siempre me molestó cuando barajaba el Tarot, es que la que me representaba era El Loco o The Fool.
Noté que ella ponía más empeño en leerla cuando The Fool caía invertida. Esto cambiaba por completo el significado del mensaje.
Como todas las demás la carta estaba llena de colorido y misticismo. Representaba a un joven vestido con ropajes medievales y con figuras del sol en sus mangas. El mismo astro que brillaba a sus espaldas. Pero la figura que lleva al hombro una vara y en ella un pequeño atado con sus pocas pertenencias, camina distraído al borde de un abismo, acompañado de un perrito blanco.
¿ Así me veían, ella y sus cartas como un incauto, un loco o un tonto?
Mi interés por crear literatura, me llevó a escribir sobre misterios y leyendas que
mezclaba con realidades cotidianas. Con mi mente bloqueada, sin más temas que tratar, decidí saber más sobre el Tarot. Para eso adquirí un mazo de cartas y una guía práctica. Entonces conocí a Miriam.
Ella aparecía en días nublados, noches estrelladas y de luna creciente. Amorosa, caprichosa,
exigiendo que dejara todo para dedicarme a ella.
El mensaje de Miriam se repetía, aún con distintas cartas. Proponían que mi pasado debía ser
olvidado y que debía cuidarme en el futuro pues, La Emperatriz, carta que con frecuencia se asomaba en las tiradas, me perseguiría.
La relación con ella era asfixiante. Su presencia me oprimía. Había llegado a conocerme tan bien que adivinaba mis pensamientos, se adelantaba a mis opiniones absorbiéndome. Cuando aparecía se quedaba dos o tres días e imponía su agenda. No podía escribir, leer, ni manejar mis asuntos. Sólo ella. Hacíamos el amor, salíamos en las noches a los más raros lugares, bares gays, con gente de ambiente. Asistíamos a obras de teatro de tercera categoría, musicales con temas muy raros, para recaer en bares escondidos en los rincones más sórdidos de esa gran ciudad dónde estaban presentes todas las razas y todos los vicios. Solo respiraba cuándo se marchaba. ¿Adónde? Nunca lo supe pues se negaba a decírmelo. Sobre mí inquiría todo, pero de ella no revelaba nada. Cada vez que reaparecía me leía las cartas para, según ella, saber qué había hecho durante su ausencia. Me asustaban sus comentarios tan precisos.
--¡ Has visto a la Emperatriz, ya la conoces!. ¡Desgraciado, me engañas! Ya la conoces. Lo sé, lo sé, Mira aquí está—señalando la carta que formaba parte de otras diez que dispuestas formaban una cruz guarnecida por otra hilera vertical.
Asombrado, me fijé en la carta que ya conocía y de la que tantas veces me había advertido y que representaba a la persona que se interpondría entre nosotros. La Emperatriz era joven, de cabellos dorados, de porte aristocrático, serena y comprensiva, todo lo que no era ella.
--Hoy tus cartas no han acertado. Te equivocas. No he conocido a nadie que se parezca a esa
figura.—le dije y reafirmé mi posición tomando el naipe y estudiándolo detenidamente.
Cuando lo volví a colocar en su lugar pude ver en la mirada de Miriam odio y desconsuelo.
No sabía cómo las cartas podían conocer tanto de mis acciones. Hacía una semana que había conocido a Gloria. En verdad que se parecía a La Emperatriz. Cabellos color oro, ojos azules, era
la versión opuesta de Miriam, pero tenían algo que cuando la contemplaba a una hacía recordar a la otra.
Era de tarde, oscurecía cuando entré a esa nueva tienda esotérica en busca de una segunda opinión sobre lo que el Tarot me deparaba. Gloria era la dueña del pequeño pero muy elegante local, de paredes pintadas con fuertes colores, donde los olores del sándalo, el incienso y la mirra se disputaban por sobresalir. Al entrar me miró con interés, y con una seña a la dependiente indicó que ella sería quien me recibiría.
Salí de allí con la mirada encendida y confundido, pero con algo de esperanzas. Gloria me había leído las cartas y por ningún lado había salido The Fool. Además habíamos quedado en encontrarnos en un café cercano a la universidad donde yo era profesor y en la que ella comenzaría a estudiar sicología. Casualidad. Prometió reflexionar sobre mis problemas emocionales y dijo que las cartas ayudarían a aclarar el camino. Me agradó mucho notar que le interesaba a la atractiva joven. Pero ahora, los celos de Miriam se asomaban, formando un triángulo no muy agradable.
La carta que según Gloria me representaba, era el Colgado. En ella aparecía un hombre en una difícil posición, pendía de un árbol cabeza abajo. Aún me parece escuchar su voz, fina y
suave cuando explicaba su significado.
--El colgado denota sacrificio y la necesidad de contemplar las cosas de una manera distinta. Tu vida está simplemente suspendida como la figura, y tienes que cambiar para que a ella llegue la luz. Está en tus manos el cambio—
Gloria siempre terminaba sus comentarios con una sensual sonrisa. También apareció en sus manos en posición invertida la terrible Sacerdotisa, que según ella, me oprimía y era un gran obstáculo en mi camino. Otra de las cartas que me hicieron palidecer fue El Carro. Me
asombraba el significado de cada uno de estos pedazos de cartón, maravillosamente diseñados, llenos de simbolismos, y mensajes, cuyo origen se perdía en el tiempo.
Gloria me dijo:--El Carro se relaciona con tu voluntad. La fuerza interna del espíritu, de la que tienes que echar mano para escoger el camino. Si no, fíjate cómo está representado.
Pude ver a un auriga guiando un carro arrastrado por dos efigies, una blanca y una negra, enfrentando a la dualidad de las ocasiones de la vida y luchando por llegar a una meta.
Aquella tarde pude besar los labios de Gloria antes de que sus ojos se anegaran en llanto. Súbitamente recogió las cartas, sus libros y salió del café, dando como excusas que tenía que ver a su hermana.
El recuerdo de Gloria no escapaba de mi mente. Aunque nuestra relación no había progresado, disfrutamos las veces que nos reunimos en aquel lugar. Platicábamos, me escuchaba y compartíamos ratos largos y placenteros. Pero ella se mostraba aprehensiva a dar un paso más hacia mí.
Cuando descubrí que Gloria y Miriam eran hermanas, pensé que era una rara coincidencia. Lo supe, pues otra alumna que las conocía me reveló su parentesco y el terrible antagonismo que las marcaba.
--Profesor-- dijo- me resultó muy raro verlo en distintas ocasiones con las hermanas Orozco.
El Loco, The Fool o el Colgado, como quisieran llamarme ambas mujeres, se revelaba ante la fatalidad o la providencia de haberlas conocido y corrí el albur de averiguarlo todo.
Desde niñas, contó la alumna, ambas mujeres habían tenido una conflictiva relación, por culpa del Tarot. Su madre, ya muerta, fue famosa por dominar los secretos de estas cartas y gozó de los privilegios de tener una clientela rica, poderosa, y fanática. Las crió en el ambiente de la magia, el misterio, en un continuo ir y venir entre las líneas del pasado, el presente y el futuro.
Les pronosticó que conocerían a un hombre que haría feliz a una y desgraciada a la otra. Lo reconocerían por las circunstancias que las cartas habían revelado.
Me encaminé a la tienda de Gloria, y entré hasta la parte posterior donde leía las cartas, no sin antes vencer la resistencia de la dependiente. En la mesa encontré todavía dos tiradas de cartas desplegadas cada uno en distintos paños. Por ellos reconocí que pertenecían a las hermanas. En el primero aparecían The Fool, la Gran Sacerdotisa y la Emperatriz en franca oposición y en el otro, el Colgado y las mismas figuras femeninas en un drama que no pude comprender. La chica de la tienda, nerviosa, me dijo que Miriam y Gloria habían estado allí hacía poco y que la reunión había degenerado en una gran discusión.
Dejé de verlas. Mi vida cambió. Con la ausencia de ambas comencé a sentirme mejor, más tranquilo, a escribir esta rara historia que leen ustedes ahora. Todavía espero que reaparezca cualquiera de ellas, para aclarar el misterio de nuestro triángulo.
Ella parecía salida de su mazo de cartas del Tarot. Siempre pareció una misteriosa muñeca. Su abundante, negro y rizado cabello llamaba la atención haciendo más pálida la tez de su cara bonita. Pintaba sus labios de colores muy raros; de negro, morado o bronce. Matices que repetía siempre en las largas uñas de sus afiladas manos, en las de sus bellos y delicados pies y en sus ropas. Adornaba su cuello y orejas, muñecas, tobillos y dedos con los más raros pendientes, anillos, zarcillos y collares. Su afición por los signos zodiacales era notoria. Con sus altas sandalias parecía una sacerdotisa egipcia y siempre pensé que para ella yo era un tonto.
Entró de repente en mi vida. La conocí en esa fiesta, rodeada de gente snob, de artistas y actrices de teatro, de poetas y de gente gótica. Un viejo amigo, a quien encontré en una tienda esotérica cuando compraba cartas del Tarot, me invitó a la fiesta. Hasta el último momento dudé asistir.
Creo que quizás Miriam se fijó en mí, pues desentonaba con todos los de la reunión. Mi aspecto serio de intelectual desgarbado, mis gruesas gafas, no coincidía con su rara y frágil belleza. Esa misma noche hicimos el amor en mi apartamento. Fue una fantástica experiencia. Cuando sacó de su cartera preservativos de color negro comenzó un largo y sensual ritual por todo mi cuerpo, que enervó mis sentidos hasta las últimas consecuencias. Llevó el ritmo y el control de la situación de principio a fin.
Así de rápido como llegó, desapareció, para reaparecer de manera súbita cuando menos la esperaba. Se fue haciendo parte de mi vida, cambiando mis costumbres y dictando leyes gravitacionales tan firmes que comencé a girar a su alrededor.
Cuando aquella noche, tras hacer el amor, se enteró de mi interés por el Tarot, se
incorporó, y desnuda atravesó toda la habitación para sacar de su bolso una caja de madera, y
de ella, envuelto en un fino paño, un mazo de cartas que barajó y desplegó ante mí.
La belleza translucida de su cuerpo me deslumbraba; era un símbolo más, igual a los que podía encontrar en los naipes. Por eso pensé que había salido de alguno de ellos. Por su porte y negra cabellera y por su carácter lunático se parecía a la Gran Sacerdotisa.
Se deleitaba tirándolas para hablar del cinco de copas, la carta que hablaba de mi pasado y de las circunstancias que apoyan u obstaculizaban mi situación del momento. Siempre se detenía en las cartas que revelarían mi futuro o que pudieran aclarar nuestra relación. Esas las explicaba de manera ambigua, ocultando algo que sabía. Lo que siempre me molestó cuando barajaba el Tarot, es que la que me representaba era El Loco o The Fool.
Noté que ella ponía más empeño en leerla cuando The Fool caía invertida. Esto cambiaba por completo el significado del mensaje.
Como todas las demás la carta estaba llena de colorido y misticismo. Representaba a un joven vestido con ropajes medievales y con figuras del sol en sus mangas. El mismo astro que brillaba a sus espaldas. Pero la figura que lleva al hombro una vara y en ella un pequeño atado con sus pocas pertenencias, camina distraído al borde de un abismo, acompañado de un perrito blanco.
¿ Así me veían, ella y sus cartas como un incauto, un loco o un tonto?
Mi interés por crear literatura, me llevó a escribir sobre misterios y leyendas que
mezclaba con realidades cotidianas. Con mi mente bloqueada, sin más temas que tratar, decidí saber más sobre el Tarot. Para eso adquirí un mazo de cartas y una guía práctica. Entonces conocí a Miriam.
Ella aparecía en días nublados, noches estrelladas y de luna creciente. Amorosa, caprichosa,
exigiendo que dejara todo para dedicarme a ella.
El mensaje de Miriam se repetía, aún con distintas cartas. Proponían que mi pasado debía ser
olvidado y que debía cuidarme en el futuro pues, La Emperatriz, carta que con frecuencia se asomaba en las tiradas, me perseguiría.
La relación con ella era asfixiante. Su presencia me oprimía. Había llegado a conocerme tan bien que adivinaba mis pensamientos, se adelantaba a mis opiniones absorbiéndome. Cuando aparecía se quedaba dos o tres días e imponía su agenda. No podía escribir, leer, ni manejar mis asuntos. Sólo ella. Hacíamos el amor, salíamos en las noches a los más raros lugares, bares gays, con gente de ambiente. Asistíamos a obras de teatro de tercera categoría, musicales con temas muy raros, para recaer en bares escondidos en los rincones más sórdidos de esa gran ciudad dónde estaban presentes todas las razas y todos los vicios. Solo respiraba cuándo se marchaba. ¿Adónde? Nunca lo supe pues se negaba a decírmelo. Sobre mí inquiría todo, pero de ella no revelaba nada. Cada vez que reaparecía me leía las cartas para, según ella, saber qué había hecho durante su ausencia. Me asustaban sus comentarios tan precisos.
--¡ Has visto a la Emperatriz, ya la conoces!. ¡Desgraciado, me engañas! Ya la conoces. Lo sé, lo sé, Mira aquí está—señalando la carta que formaba parte de otras diez que dispuestas formaban una cruz guarnecida por otra hilera vertical.
Asombrado, me fijé en la carta que ya conocía y de la que tantas veces me había advertido y que representaba a la persona que se interpondría entre nosotros. La Emperatriz era joven, de cabellos dorados, de porte aristocrático, serena y comprensiva, todo lo que no era ella.
--Hoy tus cartas no han acertado. Te equivocas. No he conocido a nadie que se parezca a esa
figura.—le dije y reafirmé mi posición tomando el naipe y estudiándolo detenidamente.
Cuando lo volví a colocar en su lugar pude ver en la mirada de Miriam odio y desconsuelo.
No sabía cómo las cartas podían conocer tanto de mis acciones. Hacía una semana que había conocido a Gloria. En verdad que se parecía a La Emperatriz. Cabellos color oro, ojos azules, era
la versión opuesta de Miriam, pero tenían algo que cuando la contemplaba a una hacía recordar a la otra.
Era de tarde, oscurecía cuando entré a esa nueva tienda esotérica en busca de una segunda opinión sobre lo que el Tarot me deparaba. Gloria era la dueña del pequeño pero muy elegante local, de paredes pintadas con fuertes colores, donde los olores del sándalo, el incienso y la mirra se disputaban por sobresalir. Al entrar me miró con interés, y con una seña a la dependiente indicó que ella sería quien me recibiría.
Salí de allí con la mirada encendida y confundido, pero con algo de esperanzas. Gloria me había leído las cartas y por ningún lado había salido The Fool. Además habíamos quedado en encontrarnos en un café cercano a la universidad donde yo era profesor y en la que ella comenzaría a estudiar sicología. Casualidad. Prometió reflexionar sobre mis problemas emocionales y dijo que las cartas ayudarían a aclarar el camino. Me agradó mucho notar que le interesaba a la atractiva joven. Pero ahora, los celos de Miriam se asomaban, formando un triángulo no muy agradable.
La carta que según Gloria me representaba, era el Colgado. En ella aparecía un hombre en una difícil posición, pendía de un árbol cabeza abajo. Aún me parece escuchar su voz, fina y
suave cuando explicaba su significado.
--El colgado denota sacrificio y la necesidad de contemplar las cosas de una manera distinta. Tu vida está simplemente suspendida como la figura, y tienes que cambiar para que a ella llegue la luz. Está en tus manos el cambio—
Gloria siempre terminaba sus comentarios con una sensual sonrisa. También apareció en sus manos en posición invertida la terrible Sacerdotisa, que según ella, me oprimía y era un gran obstáculo en mi camino. Otra de las cartas que me hicieron palidecer fue El Carro. Me
asombraba el significado de cada uno de estos pedazos de cartón, maravillosamente diseñados, llenos de simbolismos, y mensajes, cuyo origen se perdía en el tiempo.
Gloria me dijo:--El Carro se relaciona con tu voluntad. La fuerza interna del espíritu, de la que tienes que echar mano para escoger el camino. Si no, fíjate cómo está representado.
Pude ver a un auriga guiando un carro arrastrado por dos efigies, una blanca y una negra, enfrentando a la dualidad de las ocasiones de la vida y luchando por llegar a una meta.
Aquella tarde pude besar los labios de Gloria antes de que sus ojos se anegaran en llanto. Súbitamente recogió las cartas, sus libros y salió del café, dando como excusas que tenía que ver a su hermana.
El recuerdo de Gloria no escapaba de mi mente. Aunque nuestra relación no había progresado, disfrutamos las veces que nos reunimos en aquel lugar. Platicábamos, me escuchaba y compartíamos ratos largos y placenteros. Pero ella se mostraba aprehensiva a dar un paso más hacia mí.
Cuando descubrí que Gloria y Miriam eran hermanas, pensé que era una rara coincidencia. Lo supe, pues otra alumna que las conocía me reveló su parentesco y el terrible antagonismo que las marcaba.
--Profesor-- dijo- me resultó muy raro verlo en distintas ocasiones con las hermanas Orozco.
El Loco, The Fool o el Colgado, como quisieran llamarme ambas mujeres, se revelaba ante la fatalidad o la providencia de haberlas conocido y corrí el albur de averiguarlo todo.
Desde niñas, contó la alumna, ambas mujeres habían tenido una conflictiva relación, por culpa del Tarot. Su madre, ya muerta, fue famosa por dominar los secretos de estas cartas y gozó de los privilegios de tener una clientela rica, poderosa, y fanática. Las crió en el ambiente de la magia, el misterio, en un continuo ir y venir entre las líneas del pasado, el presente y el futuro.
Les pronosticó que conocerían a un hombre que haría feliz a una y desgraciada a la otra. Lo reconocerían por las circunstancias que las cartas habían revelado.
Me encaminé a la tienda de Gloria, y entré hasta la parte posterior donde leía las cartas, no sin antes vencer la resistencia de la dependiente. En la mesa encontré todavía dos tiradas de cartas desplegadas cada uno en distintos paños. Por ellos reconocí que pertenecían a las hermanas. En el primero aparecían The Fool, la Gran Sacerdotisa y la Emperatriz en franca oposición y en el otro, el Colgado y las mismas figuras femeninas en un drama que no pude comprender. La chica de la tienda, nerviosa, me dijo que Miriam y Gloria habían estado allí hacía poco y que la reunión había degenerado en una gran discusión.
Dejé de verlas. Mi vida cambió. Con la ausencia de ambas comencé a sentirme mejor, más tranquilo, a escribir esta rara historia que leen ustedes ahora. Todavía espero que reaparezca cualquiera de ellas, para aclarar el misterio de nuestro triángulo.
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