EL SANTON



Por Andrés Villa

Los que me siguen son tratados como proscritos en cada uno de los poblados que engarza el camino. Y éste no termina nunca. Su pobre aspecto, sus fechorías y sus malos ejemplos perturban a los aldeanos. No sé de dónde han salido tantos jóvenes de uno y otro sexo y con los días se nos unen más. Roban, riñen por un pedazo de pan, fornican y aprovechan cualquier lugar para pasar la noche. Pero lo que más me preocupa es la veneración que sienten por mí.

Agotado soltó el azadón y se apoyó en la cruz de piedra de una antigua tumba. Tenía tres días seguidos de hacer el papel de enterrador. Antes había ayudado al cura del poblado a dar los últimos sacramentos, a confesar y a consolar a los deudos. Pero la muerte de tantos sobrepasó las posibilidades de atender a todos.

Sofía era lo único que ahora consolaba a Julio. Ella había despertado sus sentidos. En estos días nada importaba. Las leyes, las buenas costumbres, las reglas tradicionales habían quedado atrás. Ahora reinaba el caos. La sensualidad del cuerpo de la joven gitana lo había hecho olvidar los votos jurados.
No sabía por qué hasta ahora la enfermedad los había respetado. La peste llegó al poblado proveniente del sur. Decían que comenzó en los puertos del Mediterráneo. Allá había causado una gran mortandad, dejando las ciudades casi deshabitadas. Las noticias de la hecatombe eran alarmantes. Los sobrevivientes huían de aquellos lugares, pero cosa curiosa, a su paso surgía la enfermedad y comenzaban a morir de terrible forma.

En el poblado habían muerto los enterradores y el Padre Francois. Julio había quedado al mando de la iglesia. ¿No era eso lo que anhelaba, servir al prójimo? Pero lo vivido era espantoso. La muerte no respetaba a nadie. Tan pronto aparecía en las casas de los campesinos, como en la de ricos comerciantes. Jóvenes, niños, viejos, mujeres caían abatidos por la terrible epidemia.
También cayeron todos los de la familia de Sofía, un grupo de saltimbanquis que se ganaba la vida recorriendo caminos. Después de ayudar a la joven a enterrarlos, prendió fuego a sus carromatos.
La mayoría de los enfermos escupían sangre, aunque a otros les aparecían en el cuerpo manchas rojas y oscuras y cuando eso pasaba ninguno se salvaba. También presentaban bultos en las ingles o en los sobacos y de éstos algunos sobrevivían. Pero el contacto con los enfermos era muy peligroso y los que los cuidaban en su mayoría morían.
Atrás quedaron los austeros días en aquel apartado monasterio cisterciense, donde formó su espíritu y su cuerpo. Al llegar las noticias de la plaga, varios de sus compañeros decidieron abandonar el claustro y ayudar. Los siguió aunque después cada uno tomó su camino. Su deseo era llegar hasta su tierra natal, no pudo avanzar más allá y se vio atrapado por los problemas de aquel poblado.

Se llevó a Sofía a vivir a la Iglesia, nada importaba ya. La muerte, presente a todas horas del día, era como una antorcha que cauterizaba comentarios y críticas. Nadie ponía cuidado por los pecados del cura del pueblo. Poco a poco los vivos se iban quedando solos. Decían que la peste era culpa de los judíos, o de la ira divina.

Julio trataba de buscar una explicación para la enfermedad. No la encontraba. Había acompañado los últimos momentos de decenas de enfermos. También apreció en ellos la aparición de los primeros síntomas. Las bases de la teoría escolástica en las que había sido educado: observar y experimentar no le aportaron nada. Pensó que podía ser la falta de higiene, pues el contagio era más fácil en las familias que vivían hacinadas de manera miserable. Notó que las ratas habían proliferado, pero siempre las había habido.
--Padre, padre, nadie se atreve a tomar el puesto de los enterradores y comienzan a tirar a los muertos por las ventanas. La calle está llena de cadáveres.

La enfermedad era tan mortal que ni los perros se atrevían a comerse los cadáveres arrojados a la calle. Fue entonces cuando trató de ayudar enterrándolos. Así expiaría su lujuria.
Se incorporó del lecho que había compartido durante la noche con Sofía. La contempló con ternura. La joven, desnuda, siguió durmiendo.

Camino al cementerio, en la plaza del pueblo, se encontró con un grupo de ascetas que se flagelaban. Golpeaban sus espaldas llagadas, con correas de cuero. El que parecía el líder, al ver los cadáveres en el carretón de madera, comenzó a señalarlos y a vociferar.
--¡He aquí la prueba de la ira de Dios, arrepentíos, arrepentíos o recorrerán el mismo camino de estos pecadores!
Nuestras miradas se cruzaron y noté el odio al reconocer en el hábito mi investidura. Cuando regresé fatigado del cementerio, dejé el carretón. Sofía me esperaba en la sacristía. Noté que algo no andaba bien.
--¿Estás enferma? ¿Te sientes mal?
--No mi amor, estoy bien. La iglesia fue visitada por los flagelantes que arribaron hoy. Conozco a su líder. Es un loco que una vez quiso comprarme a mis padres. No sé qué hace aquí. Antes era un noble de una población cercana a París.
--¿Te reconoció?
--Creo que sí. Pero no aludió al pasado. Comenzó a predicar desdichas y amenazas a los pocos feligreses que estaban en la Iglesia.
Sofía, descalza, se abrazó al joven cura. Sólo vestía una corta saya casi transparente que no ocultaba las formas de su cuerpo juvenil.
--¡Julio! ¡Julio! Nos quieren separar. ¿Hasta cuando podremos vivir
así? No le temo a la muerte estando juntos. Tú eres el único que me ha querido y que has sido bueno conmigo. Contigo, mi amor, no importa la peste ni nada. Sólo quiero tenerte a mi lado poder sentir tu cuerpo.

La separó de sí, sólo para volver a abrazarla y besarla tiernamente. Sus jóvenes cuerpos habían reaccionados como dos elementos químicos que se funden con el ardor de la pasión y que jamás vuelven a ser los mismos.

El sol se colaba entre nubes que auguraban tormenta. Los exiguos chorros de luz que casi morían jugaban entre las espigas maduras de los trigales. No había quién recogiera las cosechas, ni moliera el fruto, ni días de mercado, la gente continuaba muriendo. Cuando en una casa surgía la enfermedad era como si desapareciera, nadie la visitaba, ni mantenía contacto con sus habitantes hubieran enfermado o no.
Julio volvió a ver la banda de penitentes en la plaza. Notó que el número de seguidores era mayor que los primeros días. Arrodillados rezaban mirando al cielo. Las frenéticas voces zumbaban como enjambres de abejas, entonando oraciones. A su paso cesó el ruido de latigazos y rezos. El líder soltó su azote y con la mirada de un loco levantó su índice acusador.
.--¡He allí al pecador! ¡Pecador, sepulcro blanqueado! ¡Con su comportamiento ha vendido a Cristo! ¡He allí a uno de los culpables de la peste!
El joven sacerdote lo miró con desprecio y siguió andando hasta la iglesia. Su devoción por los enfermos, por los muertos, su inmunidad ante la enfermedad le habían ganado fama de santo y con ello el respeto de los sobrevivientes.
El ruido de los azotes rebotaba contra las paredes de piedra de la iglesia gótica. Las luces de las antorchas proyectaban las sombras
semejando una macabra danza.
--¡Sal pecador, el momento de redimir tus culpas ha llegado!--gritó la sarmentosa figura.
-¡Que salga! ¡Que salga!—gritaron otros
Sofía temblaba y lloraba aferrada a Julio.
--No salgas, mi amor, no lo hagas.
-No les temo.
Una piedra rompió el vidrio de una de las ventanas del dormitorio de los jóvenes. Julio vistió rápidamente su hábito, ajustó la cuerda a su cintura y atisbó por la ventana.
Su figura agigantada por la luminosidad de los hachones, se enfrentó a la turba.
--¡Pecador, pecador, siguiendo los designios de tus instintos has convertido la casa de Dios en un burdel!
--¡Hipócrita, Tú la quisiste comprar cuándo solo era una niña! ¿Quién de ustedes está libre de culpa? Vienen como los fariseos amparados por la noche.—respondió Julio
El líder de los flagelantes se adelantó a todos, y trató de agredirlo.
Un relámpago iluminó la noche y el trueno espantoso retumbó en el cielo. El agresor cayó delante del monje como si el estruendo lo hubiera fulminado. Julio dio dos pasos atrás, reconociendo en la faz del caído la terrible enfermedad.
--La peste-- dijo.
Todos retrocedieron, temerosos del contacto con el enfermo.
Julio regresaba una vez más de enterrar a las víctimas de la epidemia. Había sepultado al líder de los flagelantes después de tratar inútilmente de aliviar sus sufrimientos. La gente se arrodillaba a su paso y algunos hasta trataban de tocar la orla de su hábito. Su fama de vencedor de la enfermedad comenzaba a atraer a gente de otros pueblos.

Además, el episodio del trueno de aquella noche, lo dotó de la fama de poseer poderes sobrenaturales.
Como siempre, Sofía, lo esperaba en la habitación posterior al altar mayor de la iglesia del pueblo. Lo vio acercarse, pero al notar el gesto de horror en el rostro de Julio, la joven soltó un grito. Las terribles manchas negras, a las que tanto temían, también estaban en el rostro de ella.

***
Me voy, nada me ata ya a este pueblo maldito. Todavía llevo tierra en mis uñas, de la tumba de Sofía.
Las casas, la iglesia quedaron atrás, delante el ancho camino. Pero no iba solo, lo seguía una gran cantidad de gente joven que como él abandonaba esos lugares donde reinaba la muerte. Caminaban a su lado, cantando, rezando…

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