Reflexión de Semana Santa


El Desafío de Jesucristo





Ilustración / EPASA

El Mesías entra triunfante a Jerusalén, montado en la humilde cabalgadura,
rodeado de gentes con palmas, que tienden sus vestidos a su paso.

Andrés Villa
Periodista y Escritor

 
La última semana de su vida, Jesús la vive intensamente en Jerusalén en un abierto desafío a Fariseos, Saduceos y al Sanedrín, los enemigos de su doctrina. Antes, por tres años había recorrido Galilea, el desierto, los montes y otras partes de Israel, pregonando parábolas, bienaventuranzas y mandamientos que  cambiaron el mundo. Encontramos en el Evangelio de San Marcos una clara cronología de sus entradas y salidas a la ciudad, en esos sagrados días.

Jesús llega el sábado antes de Pascua, desde Jericó a Betania, sitios cercanos a la gran ciudad de Judea, levantando multitudes y refugiándose en casa de sus amigos Marta, María y el resucitado Lázaro. Es allí donde María, derrama sobre su cabeza un vaso lleno de perfume de la espiga del nardo y el Maestro ante la protesta de Judas, asombrado por el despilfarro de tan caro artículo, anuncia su muerte. Jesús dice: “Dejadla que lo emplee para honrar de antemano el día de mi sepultura.” (San Juan, capítulo XIII, vers. 7).

El Domingo de Ramos, Jesús manda a dos discípulos a buscar un borrico, que Él asegura, que nadie había montado. Jesús es el único que sabe dónde está y les dice que no tendrán problema, que sólo mencionen que Él lo necesita. Hasta hoy el nombre de su dueño es un misterio.

El Mesías entra triunfante a Jerusalén, montado en la humilde cabalgadura, rodeado de gentes con palmas, que tienden sus vestidos a su paso. El evangelio según San Lucas dice al respecto que la multitud llena de puro gozo, comienza a gritar “¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! Los fariseos encomian a Jesús a que los calle y Él inicia su desafío diciéndoles: “En verdad os digo que si estos callan, las mismas piedras darán voces.” (S. Lucas, XVIII v. 40). La procesión entra hasta el mismo templo donde Jesús ve lo que sucede por una y otra parte, para luego retirarse junto a los doce, fuera de la ciudad.

El Lunes nos menciona San Marcos un hecho que nos confunde y creemos que no está acorde con los actos divinos de Jesús, pero quizás sí con su parte humana. La maldición de la Higuera. Quizás podemos achacarlas a la angustia que le  ocasionaba la proximidad de su pasión. ¿Por qué Jesús al sentir hambre busca  frutos en una higuera cuando “No era aún tiempo de higos”? (S. Marcos XI. v 13).

Ese mismo día lleno de ira, vuelca los bancos de los cambistas y expulsa a los mercaderes del templo acusándolos de haber convertido la casa de su padre en guarida de ladrones. Recordemos que la economía del Sanedrín, consejo supremo de Judea, residía en la actividad de los diezmos y el comercio en el templo. Jesús no deja que nadie transporte cosa alguna por el sagrado recinto. Así, de esta manera violenta, Jesús consume el día lunes.

El martes, Jesús, regresa al templo en el medio de Jerusalén, pero antes los discípulos observan cómo la higuera se ha secado de raíz. Y se maravillan. Los discípulos todavía no comprenden la naturaleza divina de Jesús ni la calidad de su reino. Prueba de eso es que días antes la madre de Juan y Santiago, le pide que los honre sobre todos los demás colocándolos a cada lado de su trono. A esto, Jesús les contesta que su bautismo será de sangre y les pregunta que sí están dispuestos a afrontarlo junto a Él. Esto no sucede, todos sabemos que al pie de la cruz, sólo Juan acompañó a Jesús.

El miércoles, el desafío doctrinal de Jesús es abierto. En pleno atrio del templo se enfrenta a fariseos  miembros de una tendencia religiosa que se caracterizaba por su rigurosa manera de observar la ley mosaica. También se enfrenta a los saduceos, aristócratas de otra facción opuesta a los primeros.

Ambas facciones tratan que  Jesús cometa faltas religiosas, o que con una frase contradiga a la ley romana. Cristo les pide una moneda romana: y al ver la efigie del César, les dice: “Dad al César lo que es del  César y a Dios lo que es de Dios.

El jueves Jesús sigue predicando al pueblo sobre la falsedad de los fariseos: “Guardaos de la levadura de los fariseos que es la hipocresía”. En el evangelio de San Mateo, los acusa de rapaces y los tilda de sepulcros blanqueados. Claro estaba que esto fue su sentencia de muerte.

Después de esto se retira y manda a sus discípulos que sigan a un hombre con un cántaro de agua. Él los guiará hasta el sitio donde celebrará su última cena y comenzará en la madrugada su martirio. Jesús muere en la cruz, pero su doctrina revive con Él cuando obra su milagro más grande: revive  de entre los muertos.


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