EL OGRO Y LA PRINCESA



Por Andrés Villa

Al Ogro Tikor le gustaba mucho su color rojo, y los chichones que le salían en la frente, en la punta de la nariz y en distintos partes de su piel. También disfrutaba de vivir en medio de aquel bosque rodeado de seres silvestres que decía, eran mejores que los humanos. Se había olvidado de la costumbre de degollar a los viajeros, que pasaban por sus linderos, y de beberse su sangre.

La bella princesa se había cansado de juguetear con bufones, enanos y hasta con los criminales condenados a muerte que su padre encerraba en las mazmorras del castillo antes de amarrar sus extremidades a cuatro caballos salvajes y descuartizarlos.

Colgado a su cuello, en un frasquito con pomo de oro, llevaba un elíxir que podría convertir al ogro en el más bello Príncipe Azul que hubiera existido alguna vez en un cuento de hadas. Se lo había dado su hada madrina hacía ya tres lunas llenas.

La bella heredera molestó tanto al ogro con sus mensajes eróticos, y proposiciones de utilizar el mágico brebaje, que lo hizo perder su color y lucir desteñido.

La única vez en el año que el monstruo bajaba a la ciudad, los dos se encontraron frente a todos los habitantes del reino. La Princesa quiso darle de beber del frasco y al ogro le volvieron sus bajos instintos. En un santiamén la degolló y comenzó a beber su sangre.

Antes de cerrar los ojos la princesa vio al monstruo convertirse en el príncipe azul deseado. El se inclinó galantemente ante el cuerpo de su víctima y arrancó violentamente -el frasco vacío del cuello. Pero lo que no pudo conseguir la princesa fue volver a la vida y poder disfrutar de su nuevo juguete. La magia de su madrina no alcanzó para tanto.

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